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Chapter 19 - Un café con Mateo

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La semana siguiente, Mateo y yo nos encontramos en una pequeña cafetería cerca del centro histórico, lejos del bullicio de los juzgados y los rascacielos financieros. Era un local tranquilo, con olor a grano tostado y madera vieja, perfecto para una conversación sin prisas.

Mateo llegó puntual, vistiendo un suéter azul oscuro que le daba un aire mucho más relajado que la toga o los trajes grises del despacho.

—Espero no haberte interrumpido la tarde del sábado —dijo mientras tomaba asiento frente a mí, pidiendo dos cafés al camarero.

—En absoluto. Mi padre y los chicos se han ido a una feria de antigüedades, así que la casa estaba demasiado silenciosa. A veces el silencio es bueno, pero otras veces se agradece buena compañía.

Mateo sonrió, una sonrisa cálida que arrugaba ligeramente las comisuras de sus ojos.

—Elena, te invité hoy porque quería conocer a la mujer detrás de la experta forense. En el tribunal eres un muro de hielo, imparable. Pero cuando abrazaste a Valeria, vi a alguien con una compasión inmensa.

Removí el café lentamente, sintiéndome cómoda con su franqueza.

—La empatía viene de la experiencia, Mateo. No siempre fui la profesional segura que ves ahora. Hubo una época en la que dudaba de mi propia sombra, atrapada en un matrimonio donde se me hizo creer que yo era el problema de todo.

—He escuchado rumores sobre tu exmarido —comentó con cautela—. Tomás Aranda. Sé que está cumpliendo condena.

—Sí. Intentó usarme como escudo y luego como chivo expiatorio para sus fraudes. Pero aprendí a golpes que el miedo solo tiene el poder que tú le otorgas. Cuando le perdí el miedo, su imperio de mentiras se derrumbó.

Mateo asintió, escuchando cada palabra con atención, sin lástima, solo con un profundo respeto.

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—Admiro tu fuerza, Elena. Es raro encontrar a alguien que haya pasado por el fuego y no se haya convertido en ceniza, sino en acero.

Hablamos durante casi tres horas. Hablamos de nuestros hijos —él tenía una hija adolescente de un matrimonio anterior—, de libros, de viajes que soñábamos hacer y de nuestra pasión compartida por la justicia. No hubo silencios incómodos ni prisas. Fue un acercamiento maduro, el preludio de una conexión cimentada en la igualdad y la admiración mutua, algo que yo no había experimentado jamás.

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