Chapter 12 - Espejos

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Valeria Santaló llegó a mi despacho a las cuatro en punto. Era una mujer de unos cuarenta años, con ojeras profundas y las manos aferradas con fuerza a un bolso de cuero gastado. Al sentarse frente a mí, su postura encogida me recordó dolorosamente a la Elena de hace unos años: alguien que había sido convencida de su propia incapacidad.
—Señora Aranda, mi hermano me asegura que los números rojos son culpa de la crisis del sector —comenzó, con la voz temblorosa—. Pero yo sé que miente. He visto transferencias extrañas a empresas de logística que no conozco. Cuando le pregunto, me grita y dice que no entiendo de negocios.
Me incliné hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa.
—Valeria, lo primero que quiero que sepas es que no estás loca, y no eres ignorante. El fraude financiero dentro del ámbito familiar se basa precisamente en hacerte dudar de tu propia intuición.
Ella levantó la vista, sorprendida por mi tono directo y empático.
—¿Usted cree que puedo salvar mi parte de la empresa? Mi casa garantiza los últimos créditos. Tengo dos hijas pequeñas. Si Diego me hunde, nos quedamos en la calle.
—He estado exactamente donde tú estás ahora —le confesé, bajando un poco la voz—. Sé lo que es que utilicen tu patrimonio como rehén para silenciarte. Y te prometo que no vamos a permitir que eso ocurra. Vamos a realizar una auditoría forense desde cero.
—Pero él tiene a los mejores abogados. Tienen un bufete entero a su disposición.
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—Ellos tendrán un bufete, pero nosotras tenemos los extractos bancarios, y los números no mienten si sabes dónde buscar —le aseguré con una sonrisa tranquilizadora—. Necesito que me traigas todas las actas del consejo, cualquier contrato que hayas firmado y los accesos a las cuentas que aún conserves.
Valeria asintió lentamente, soltando el aire contenido y relajando los hombros por primera vez en toda la tarde. Vi en sus ojos el primer destello de esperanza. Había encontrado un ancla, y yo estaba dispuesta a sostener el barco.