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Chapter 24 - Shadows in the Prison

Lejos de los lujos, la seguridad y el reconfortante calor de la imponente mansión familiar, el ambiente era radicalmente distinto en las frías y húmedas entrañas de la prisión de máxima seguridad de la capital. Elena, despojada de sus costosos vestidos de diseñador, sus joyas de diamantes y su arrogante estatus social, llevaba ahora un áspero y denigrante uniforme penitenciario de color naranja chillón. Se encontraba sentada en la dura litera de metal de su celda de aislamiento, pero, sorprendentemente, en su rostro no había ni un solo rastro de miedo, arrepentimiento o derrota. Por el contrario, una sonrisa retorcida, malévola y calculada se dibujaba lentamente en sus finos labios. La visita de su abogado, el prestigioso, despiadado y sumamente costoso licenciado Arturo Montenegro, le había traído noticias excelentes. Arturo era conocido en los bajos fondos por lograr absoluciones imposibles utilizando tácticas de extorsión, sobornos millonarios e intimidación letal contra testigos clave. "El caso de la fiscalía se basa en el testimonio de una simple y humilde niñera y en la histeria de una madre asustada", le había dicho Arturo a través del grueso cristal de la sala de visitas. "Haremos que Rosa parezca una empleada desquiciada que intentó secuestrar al bebé, y que tú, heroicamente, intentaste detenerla". Elena soltó una carcajada seca y carente de cualquier empatía que resonó en las frías paredes de piedra de su celda. Sabía perfectamente que Isabella tenía recursos ilimitados, pero ella conocía los secretos más oscuros de la familia. Sabía de cuentas en paraísos fiscales, de debilidades ocultas y de personas dispuestas a mentir bajo juramento por el precio adecuado. Mientras miraba fijamente la pequeña y enrejada ventana que dejaba entrar un triste rayo de luz lunar, Elena juró por su propia vida que no se pudriría en aquel agujero. Saldría de allí, destruiría la vida de la estúpida niñera que había arruinado su plan maestro, y finalmente reclamaría la fortuna de Mateo como suya. El juego no había hecho más que comenzar.

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