Chapter 2 - El instinto protector

El bebé se removió inquieto entre las sábanas de fino hilo egipcio, soltando un pequeño y agudo quejido que indicaba claramente que la hora de su alimentación había llegado. Rosa, saliendo de su trance momentáneo, acercó su mano temblorosa hacia el biberón de cristal que descansaba sobre el mármol de la mesa. El contacto con el frío recipiente de vidrio le heló la sangre en las venas, un contraste brutal con el calor de la leche que contenía en su interior. Su mente, trabajando a una velocidad vertiginosa, repasaba una y otra vez los últimos treinta minutos. Había estado en la planta baja, y al subir, había visto sombras alargadas proyectándose en las paredes del pasillo principal. Había escuchado pasos furtivos, un roce casi imperceptible sobre las alfombras persas que definitivamente no correspondían a los pasos firmes del personal de seguridad ni a los tacones habituales de la señora de la casa. Alguien más había estado allí, merodeando en la oscuridad antes que ella. Cuando Rosa levantó finalmente el biberón y estuvo a punto de acercar la tetina de silicona a los pequeños y rosados labios del niño, un terror absoluto, primitivo y visceral se apoderó de cada fibra de su ser. No podía hacerlo. Simplemente no podía permitir que ese líquido entrara en el cuerpo del niño que había jurado proteger. Actuó sin pensarlo, impulsada por una fuerza mayor que el miedo a perder su empleo. Con un movimiento desesperado, brusco y casi violento, arrebató el recipiente, alejándolo lo más posible de la cuna y del alcance del bebé. Su respiración era agitada, casi errática, resonando con fuerza en la quietud de la habitación. Había roto el estricto protocolo de alimentación de la familia, había alterado la paz del heredero, pero en el fondo de su corazón, sabía con absoluta certeza que acababa de salvar una vida inocente de un destino espantoso.