Chapter 1 - La habitación de cristal

La habitación infantil desprendía un aire de lujo absoluto y una tranquilidad que, en retrospectiva, resultaba casi perturbadora. Los delicados muebles de madera blanca, tallados a mano por artesanos europeos, contrastaban a la perfección con las largas cortinas de seda francesa que caían desde el techo hasta el suelo, bloqueando cualquier destello de la luna llena que brillaba en el exterior. La tenue luz dorada de una lámpara de diseño, estratégicamente colocada en una esquina, iluminaba apenas la cuna de caoba donde el pequeño heredero de la familia, un bebé de apenas seis meses, dormía profundamente. Su respiración era suave, un susurro rítmico que habitualmente traía paz a cualquiera que lo escuchara. Rosa, la niñera, permanecía completamente inmóvil junto a él. Llevaba más de una década trabajando en casas de familias adineradas, lidiando con los caprichos de la alta sociedad y cuidando a niños que lo tenían todo, pero nunca en toda su carrera había sentido una opresión tan grande y asfixiante en el pecho como en ese preciso instante. Sus manos, normalmente firmes y expertas en el cuidado infantil, temblaban sin control. Gruesas lágrimas corrían en silencio por sus mejillas, cayendo sobre el impecable delantal blanco de su uniforme. Frente a ella, descansando sobre la pequeña mesa de noche de mármol, el biberón parecía completamente inofensivo. Era la toma de la medianoche, la rutina de siempre. La leche estaba a la temperatura perfecta. Sin embargo, Rosa había notado algo extraño, un detalle minúsculo que había desatado todas las alarmas en su cabeza. Un olor apenas perceptible, metálico y agrio, acompañado de un tono ligeramente grisáceo en el fondo del cristal transparente. Conocía la terrible verdad, aunque su mente se negaba a aceptarla por completo. El instinto maternal y protector que había desarrollado a lo largo de los años le gritaba, con una voz ensordecedora en su interior, que ese líquido blanquecino era la muerte disfrazada. Sabía que si no actuaba, el niño moriría, pero si actuaba, su propia vida y su empleo estarían en grave riesgo. El terror la paralizaba, pero el amor por el pequeño era mucho más fuerte.