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Chapter 8

En una cómoda y cálida habitación del hospital, sumamente distinta a la fría y peligrosa calle donde solía dormir, Lucía terminaba de comer ansiosamente el primer plato de comida caliente, abundante y completa que había probado en muchísimos meses. Un enorme tazón de sopa de pollo y verduras frescas parecía un manjar exquisito y digno de reyes para la hambrienta pequeña. Alejandro la observaba en completo silencio desde un sillón cercano, sintiendo que una profunda mezcla de gran admiración y un intenso dolor humano le oprimía el pecho.

Después de que una amable enfermera retiró la bandeja vacía y le entregó un conjunto de ropa limpia y suave a la niña, Alejandro se inclinó hacia adelante en su asiento, cruzando las manos frente a su rostro con expresión seria pero compasiva.

—Lucía, por favor, necesito que me cuentes sobre ti —pidió él con una voz sumamente suave—. ¿Dónde están tus padres? ¿Cómo es posible que una niña tan pequeña, dulce y lista como tú terminó viviendo abandonada en un callejón oscuro y peligroso de esta ciudad?

La niña bajó la mirada inmediatamente, jugando nerviosamente con los suaves bordes de la sábana blanca del hospital. Los oscuros recuerdos de su trágico pasado eran muy dolorosos, pero la amabilidad constante de Alejandro le daba la confianza necesaria para hablar.

—Mi mamá murió hace mucho tiempo, cuando yo apenas tenía cinco años —comenzó a relatar Lucía, con una voz triste pero sorprendentemente entera para su edad—. Estaba muy enferma de los pulmones y no teníamos suficiente dinero para comprar las medicinas buenas que necesitaba. Mi papá trabajaba muy duro en una obra de construcción gigante, pero un día hubo un accidente grave. Se cayó de un andamio muy alto por culpa del mal equipo. El jefe de la obra fue malo, no quiso pagar el hospital y mi papá no resistió los golpes. Después de eso, vino gente trajeada del gobierno y querían llevarme a un orfanato lejano.

Alejandro frunció el ceño con indignación. Sabía por las noticias que las instituciones públicas a menudo estaban completamente colapsadas, sin recursos y no siempre ofrecían un entorno seguro para los menores.

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—¿Tuviste miedo y te escapaste? —preguntó él.

Lucía asintió con vehemencia, sus ojos llenos de viejos temores. —Sí. Un niño más grande me dijo que en esos lugares te pegaban fuerte y te encerraban en cuartos oscuros si llorabas por tus papás. Tuve muchísimo miedo. Así que me escapé por una ventana de la oficina y me fui lejos. Aprendí a esconderme rápido de la policía, a pedir monedas cerca de los grandes semáforos y a dormir cubierta con cajas gruesas para que no me picaran los bichos de la basura ni me diera tanto frío. Así vivía hasta que encontré al bebé llorando esa noche. Sentí que él estaba mucho más solito que yo en el mundo. No podía dejarlo ahí para que se congelara. Tenía que ser su familia para protegerlo.

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