Chapter 6


El trayecto en la parte trasera de la ambulancia fue una angustiosa y estresante carrera contra el tiempo. Las luces rojas y azules parpadeaban frenéticamente, iluminando las oscuras y casi vacías calles de la ciudad mientras el enorme vehículo de emergencias cortaba el tráfico con agilidad. Dentro de la cabina médica, el ambiente era inmensamente denso, lleno de un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el constante y rítmico bip del monitor cardíaco al que estaba delicadamente conectado el pequeño Mateo.
Alejandro permanecía sentado rígidamente en un rincón metálico, con las manos fuertemente entrelazadas y los nudillos completamente blancos por la inmensa tensión acumulada. Sus ojos oscuros y cansados no se apartaban ni un solo segundo de la pequeña incubadora transparente. Al otro lado de la ambulancia, Lucía estaba sentada en silencio, cubierta ahora con una gruesa y brillante manta térmica que uno de los amables paramédicos le había proporcionado. La niña observaba los extraños y modernos aparatos con gran curiosidad infantil, pero también con un evidente y profundo agotamiento físico. Sus ojeras eran muy oscuras y pronunciadas, un cruel reflejo de demasiadas noches sin dormir a la intemperie en las peligrosas calles.
—¿El bebé va a estar bien, señor Alejandro? —preguntó Lucía tímidamente, rompiendo el pesado silencio que ahogaba el espacio. Su voz era apenas un pequeño susurro frágil y tembloroso.
Alejandro levantó la mirada y, por primera vez en muchas horas de pesadilla, forzó una cálida sonrisa llena de genuina ternura hacia la valiente niña que había salvado a su propia sangre.
—Va a estar perfectamente bien, mi querida Lucía. Sobrevivirá porque tú fuiste inmensamente valiente y lo salvaste del frío. Los mejores médicos del hospital de la ciudad se encargarán de él ahora y lo curarán —respondió el hombre, extendiendo una gran mano para acariciar suavemente el cabello enmarañado y sucio de la pequeña—. Y tú también estarás perfectamente bien. Te prometo que tu vida de dolor va a cambiar por completo a partir de esta misma noche.
Al llegar al enorme y lujoso hospital privado, un equipo médico completo de especialistas ya los esperaba ansiosamente en las brillantes puertas de urgencias. Se llevaron la incubadora del bebé de inmediato corriendo hacia la Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos. Alejandro quiso seguirlos desesperadamente, pero un médico jefe se lo impidió con firmeza pero con suavidad, indicándole que primero debían estabilizar al niño en un entorno estéril.
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Frustrado pero altamente comprensivo, Alejandro se volvió hacia Lucía. Una amable enfermera con uniforme de colores se acercó a la niña para llevarla a una sala de revisión pediátrica.
—Vamos, mi pequeña y valiente heroína —dijo Alejandro, tomando la pequeña y sucia mano de Lucía con un respeto absoluto—. Vamos a asegurarnos de que tú también estés sana y salva de cualquier enfermedad. Hoy comienza una nueva y maravillosa vida para los tres.