Chapter 10


A la mañana siguiente, los brillantes y cálidos rayos del sol se filtraban a través de las amplias ventanas del hospital privado, trayendo consigo la enorme promesa de un nuevo y mucho mejor comienzo para la destrozada familia. Alejandro había pasado la larga noche entera durmiendo a ratos en un incómodo y pequeño sofá en la sala de espera de cuidados intensivos, negándose rotundamente a irse a descansar a su mansión. Estaba completamente exhausto, con su fino traje azul arrugado y la barba algo crecida, pero su mente estaba muchísimo más clara y enfocada que nunca en su vida.
Un médico especialista de edad avanzada, vistiendo una bata blanca inmaculada y con una expresión seria pero amable, salió por las pesadas puertas de doble hoja de la unidad pediátrica buscando ansiosamente al empresario. En sus manos sostenía una gruesa carpeta médica sellada con el sello de extrema confidencialidad del hospital.
—¿Señor Alejandro Montenegro? —preguntó el doctor, acercándose con paso firme y seguro.
Alejandro se puso de pie de un enorme salto, sintiendo que el corazón le latía con furia desbocada en el pecho.
—Soy yo, doctor. ¿Cómo está mi pequeño hijo? ¿Y qué es lo que dicen los resultados de laboratorio que pedimos? —inquirió Alejandro, suplicando internamente a los cielos por buenas noticias.
El médico esbozó una sonrisa sumamente reconfortante y abrió la pesada carpeta médica con cuidado.
—El pequeño es todo un milagro y un guerrero inalcanzable, igual que la valiente niña que lo trajo envuelto anoche. Su fiebre ha bajado drásticamente durante la fría madrugada. Logramos estabilizar por completo la infección pulmonar con fuertes antibióticos intravenosos de amplio espectro. Las dolorosas contusiones en sus pequeños brazos sanarán sin dejar secuelas físicas graves, aunque necesitará muchísima atención médica continua y cuidados nutricionales especializados en los próximos meses para recuperar el peso adecuado para su edad.
Alejandro soltó un largo, profundo y sonoro suspiro de alivio, cerrando los ojos por un largo instante para dar gracias al cielo por el milagro concedido.
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—Además —continuó el médico, sacando un documento oficial con el membrete del laboratorio genético más prestigioso del país—, procesamos la compleja prueba de ADN de emergencia que usted solicitó ayer por la noche con carácter de extrema urgencia. No hay ninguna duda posible, señor Montenegro. Los marcadores genéticos coinciden exactamente en un 99.9%. El bebé que esa niña trajo en brazos anoche a la gala es, indiscutiblemente, su hijo biológico. El niño que le dijeron cruelmente que había fallecido está vivo y recuperándose favorablemente.
Al escuchar la innegable confirmación científica e irrefutable, Alejandro se derrumbó completamente de rodillas en medio del pasillo del hospital, cubriéndose el rostro con ambas manos mientras lloraba ruidosamente. Eran lágrimas de inmensa y pura felicidad por haber recuperado a su heredero, mezcladas con una furia implacable por el engaño monstruoso de Victoria.