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Chapter 4

Las crudas y descriptivas palabras de la pequeña Lucía cayeron como rocas inmensamente pesadas en la conciencia de todos los presentes. La brutalidad, crueldad y frialdad de la historia contrastaba de manera grotesca y repulsiva con el lujo desmedido y la superficialidad del salón de gala. Los enormes candelabros de cristal que colgaban del techo parecían brillar con una luz intensamente acusatoria directamente sobre Victoria, quien ahora retrocedía tropezando torpemente con su vestido, buscando con ojos desorbitados una ruta de escape que ya no existía.

Alejandro sintió que el corazón se le partía en mil pedazos punzantes en su pecho. El inmenso dolor de imaginar a su propio hijo, su propia sangre, abandonado a su suerte en medio de una tormenta de madrugada bajo el frío inclemente, lo llenó de una angustia y culpa indescriptibles. Extendió sus grandes y temblorosas manos hacia Lucía, pidiendo permiso silenciosamente con la mirada para cargar al niño.

La niña, reconociendo el amor genuino, desesperado y el dolor profundo en los ojos del hombre, asintió con lentitud y depositó cuidadosamente al frágil bebé en los fuertes brazos de Alejandro. Al sostenerlo, el exitoso empresario sintió el peso anormalmente liviano de la criatura. El niño estaba ardiendo en fiebre, su respiración era un pequeño y constante silbido ronco que denotaba una infección respiratoria bastante grave, sin duda alguna contraída por las frías y despiadadas noches a la intemperie.

Alejandro pegó su rostro cuidadosamente al del bebé, cerrando los ojos y dejando que sus lágrimas, largamente contenidas y amargas, finalmente cayeran libremente, mojando las mejillas sucias y pálidas del infante.

—Mi niño... mi pequeño Mateo —susurró Alejandro, recordando con dolor el hermoso nombre que habían elegido meses antes del supuesto y trágico final del embarazo—. Papá está aquí ahora. Te juro por lo más sagrado que jamás en tu vida volverás a pasar frío ni hambre.

Mientras tanto, entre los murmullos de los invitados, el asco absoluto y el repudio generalizado hacia Victoria se hacían sumamente palpables. Un distinguido senador nacional, que había sido amigo cercano y mentor de la pareja, sacó su costoso teléfono celular y marcó un número con expresión dura y sombría.

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—Esto no se puede quedar así bajo ninguna circunstancia —murmuró el senador—. Alejandro, acabo de llamar directamente al jefe de la policía de la ciudad. Vienen en camino a máxima velocidad con una ambulancia pediátrica. Esta monstruosa mujer no va a salir impune de aquí.

Victoria, al escuchar claramente la palabra "policía", soltó un grito estridente de puro terror y desesperación. Sabía que su imperio de mentiras, su falso estatus social y su libertad acababan de desmoronarse por completo e irremediablemente. Y todo había sido por culpa de una simple, sucia e insignificante niña de la calle.

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