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Chapter 7

Mientras el intenso drama médico y familiar se desarrollaba con prisa en los blancos y asépticos pasillos del exclusivo hospital privado, la situación en la fría comisaría central de la ciudad era radicalmente diferente. Las grises y deslucidas paredes de concreto del recinto policial formaban un fuerte, deprimente y humillante contraste con el opulento lujo del salón de gala de donde Victoria había sido extraída a la fuerza horas antes.

La mujer del llamativo vestido rojo, ahora sentada rígidamente en una incómoda y oxidada silla de metal dentro de una sombría sala de interrogatorios, mantenía una absurda actitud de indignación absoluta. Las frías esposas le rozaban las muñecas lastimándole la piel, pero su enorme y ciego orgullo le impedía mostrar cualquier signo mínimo de debilidad frente al duro y experimentado detective Ramírez. El oficial la observaba atentamente desde el otro lado de la mesa metálica con una mezcla de profundo desprecio y una paciencia calculada.

—Quiero hacer mi llamada telefónica de derecho de inmediato —exigió Victoria, golpeando la mesa violentamente con las manos esposadas—. Mi abogado personal, el licenciado Montes de Oca, ya debe estar en camino para sacarme de aquí. Ustedes cometen el peor error de sus miserables y patéticas vidas policiales al retenerme en este apestoso chiquero. Alejandro Montenegro me respaldará y todos perderán su trabajo.

El detective Ramírez soltó un suspiro sumamente cansado, abrió una gruesa carpeta llena de documentos policiales preliminares y la dejó caer sobre la mesa haciendo ruido.

—Su prestigioso abogado fue contactado hace media hora, señora Montenegro. Sin embargo, nos ha informado secamente que, debido a un repentino "conflicto de intereses irreconciliable", ha decidido no representarla en este terrible caso —respondió el oficial, disfrutando ligeramente de la reacción atónita de la soberbia mujer—. Parece que la leal alta sociedad le ha dado la espalda muy rápido. Las espantosas noticias de lo que hizo corren como pólvora en las redes sociales y nadie quiere mancharse con usted.

El color abandonó por completo el pálido rostro de Victoria. Se dio cuenta con pánico de que su inmenso poder, siempre basado exclusivamente en el dinero y las vastas influencias de Alejandro, se había evaporado en el aire. Estaba atrapada.

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—Tengo derechos constitucionales —tartamudeó ella, perdiendo por completo la compostura altiva y la seguridad fingida.

—Y el inocente bebé que usted arrojó a la basura como un trapo viejo también los tenía —replicó el detective Ramírez con una voz gélida y cortante—. Tenemos su declaración anterior donde afirmaba falsamente que el niño nació muerto en una clínica privada. Estamos enviando agentes federales a investigar e interrogar a los médicos que firmaron esa acta de defunción falsa. Creemos firmemente que usted sobornó al personal. Si confiesa ahora, el juez podría ser un poco menos severo cuando la envíe a la penitenciaría estatal. Si no coopera, se enfrentará a la máxima pena posible. Está completamente sola, Victoria. El juego terminó.

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