Chapter 2


El pánico se apoderó por completo de Victoria cuando notó que la intensa mirada de Alejandro pasaba rápidamente de la profunda confusión a una furia sumamente fría y calculadora. Desesperada por recuperar el control de la terrible situación antes de perderlo todo, la mujer de rojo comenzó a gritar hacia los extremos del lujoso y enorme salón, buscando frenéticamente a los fornidos hombres uniformados que custodiaban celosamente las puertas principales del recinto.
—¡Seguridad! ¡Seguridad, vengan de inmediato! —chilló Victoria, su voz aguda resonando estridentemente contra los altos techos decorados con hermosos frescos renacentistas—. ¡Saquen a esta sucia rata de la calle de aquí ahora mismo! ¡Llamen a la policía, esta vagabunda está intentando extorsionarnos y difamarnos frente a todos!
Tres robustos guardias de seguridad, vestidos con impecables trajes negros y auriculares en sus orejas, irrumpieron abriéndose paso bruscamente en el apretado círculo de invitados. Con pasos rápidos y expresiones severas, se acercaron a la pequeña niña cubierta de hollín, totalmente dispuestos a agarrarla por los delgados brazos y arrastrarla fuera del recinto sin piedad. La niña, por primera vez desde que cruzó las puertas, mostró un leve destello de miedo. Dio un paso atrás, apretando al bebé dormido contra su pecho como si fuera su propio escudo protector y su mayor tesoro.
—¡Alto! —El tremendo grito de Alejandro resonó con una autoridad tan abrumadora e imponente que los tres guardias profesionales se detuvieron en seco, como si hubieran chocado violentamente contra un muro invisible.
Alejandro se interpuso ágilmente entre los pesados hombres de seguridad y la pequeña, utilizando su propio cuerpo alto y fornido como un muro protector e infranqueable. Su rostro, normalmente sereno y diplomático en este tipo de galas, era ahora una máscara de determinación fiera e implacable.
—Nadie va a tocar a esta niña en mi presencia. Y nadie va a atreverse a tocar a este bebé —sentenció Alejandro, mirando a los guardias con una severidad que cortaba la respiración y que no admitía ningún tipo de réplica.
Victoria jadeó pesadamente, sintiendo que el brillante suelo de mármol desaparecía bajo sus altísimos tacones de diseñador.
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—¡Alejandro, te estás volviendo completamente loco! ¡Estás haciendo un espectáculo lamentable frente a todos nuestros socios y amigos! —protestó ella, intentando acercarse, pero él levantó una mano firme, deteniéndola de inmediato.
—El único espectáculo lamentable aquí es descubrir con qué clase de monstruo he estado compartiendo mi vida entera —respondió él, con un tono tan gélido que hizo temblar a los presentes—. Este bebé tiene la misma marca de nacimiento en el hombro que tenía mi difunto abuelo. Una pequeña y distintiva mancha en forma de luna creciente. Yo mismo la acabo de ver bajo los crueles moretones. Este niño es mío, Victoria. Y tú me miraste a los ojos y me dijiste que había muerto en el hospital.