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Chapter 5

El sonido estridente y penetrante de las múltiples sirenas policiales cortó la tranquilidad de la noche, acercándose rápidamente al lujoso y exclusivo recinto. En cuestión de minutos, las pesadas y ornamentadas puertas del salón principal volvieron a abrirse de par en par, pero esta vez no para dejar entrar a otra niña humilde, sino a media docena de oficiales de policía fuertemente uniformados, acompañados por un experimentado equipo de paramédicos que empujaban presurosos una camilla rodante de emergencias.

El ambiente dentro del salón era de una tensión insoportable y asfixiante. Los elegantes invitados se apartaron rápidamente, casi con temor, abriendo un camino ancho y directo hacia el centro de la pista de baile, donde Alejandro seguía firmemente arrodillado abrazando a su hijo recuperado, con la pequeña Lucía a su lado protegiéndolos.

Los paramédicos llegaron hasta él de inmediato. Con movimientos rápidos, precisos y sumamente profesionales, examinaron los signos vitales del bebé allí mismo, bajo la mirada expectante de cientos de personas.

—El infante tiene una fiebre muy alta, desnutrición severa y claros signos de hipotermia previa, además de las múltiples contusiones visibles en las extremidades superiores —informó la paramédico a cargo con voz grave, iluminando las pequeñas pupilas del niño con una pequeña linterna médica—. Necesitamos trasladarlo a urgencias pediátricas ahora mismo. Sus pequeños pulmones están muy comprometidos y le cuesta respirar.

Alejandro asintió rápidamente, su rostro pálido pero lleno de una determinación inquebrantable. Entregó al bebé a los médicos con extremo cuidado.

—Iré en la ambulancia con ustedes. Y por favor, asegúrense de que ella también venga con nosotros de inmediato —dijo Alejandro, señalando a Lucía—. Ha estado cuidando de él en las calles y expuesta al frío; necesita ser examinada por completo y no voy a dejarla sola nunca más en mi vida.

Mientras los paramédicos colocaban cuidadosamente al pequeño Mateo en una moderna incubadora portátil de traslado, los oficiales de policía se acercaron directamente a Victoria. La acorralada mujer intentaba inútilmente arreglarse el cabello revuelto y alisar su costoso vestido rojo, manteniendo una absurda y patética postura de dignidad aristocrática.

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—Señora Victoria Montenegro, queda usted formalmente bajo arresto como la principal sospechosa de intento de homicidio agravado, abandono de un menor en peligro y fraude reiterado —declaró el corpulento capitán de policía, sacando de su cinturón un par de frías esposas de acero inoxidable—. Tiene el derecho constitucional de guardar absoluto silencio.

—¡Ustedes no saben quién soy! ¡Mi prestigioso abogado los destruirá a todos en la corte, arruinaré sus mediocres carreras policiales! —gritaba Victoria, forcejeando histéricamente y perdiendo todo el glamour mientras los oficiales le sujetaban los brazos por la espalda sin miramientos. Pronto escuchó el metálico y definitivo clic de las esposas cerrándose fuertemente en sus muñecas. El vergonzoso sonido de su ruina resonó en todo el salón, poniendo el punto final absoluto a su vida de lujos y mentiras.

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