Chapter 1


El silencio en el salón era tan absoluto y pesado que se podía escuchar con perfecta claridad el suave y frágil respirar del bebé dormido en los brazos de la niña. Alejandro, el hombre del traje azul, permanecía congelado, con los ojos fijos en las dolorosas marcas amoratadas que manchaban la piel inocente del infante. Su mente trabajaba a una velocidad vertiginosa, intentando procesar la monstruosa revelación. A su lado, Victoria, la mujer del deslumbrante vestido rojo oscuro, temblaba incontrolablemente. Su rostro, antes una máscara de perfección aristocrática y altivez, se había deformado por completo en una espantosa mueca de terror puro. Los influyentes invitados de la alta sociedad, que apenas unos minutos antes reían, bailaban y brindaban con fina champaña, ahora formaban un estrecho círculo de espectadores mudos, horrorizados ante el espantoso drama humano que se desarrollaba justo en el centro de la pista de baile.
—Alejandro, por favor, mírame —suplicó Victoria, con la voz quebrada y sumamente aguda, intentando agarrar el brazo de su pareja con desesperación—. Esto es una trampa. Alguien le pagó a esta mocosa asquerosa para arruinar nuestra noche, para destruir nuestra reputación frente a nuestros socios. ¡No puedes creerle a una pequeña vagabunda mentirosa!
Pero Alejandro no la miró. Sus ojos, llenos de lágrimas contenidas y una furia naciente y letal, se clavaron en la pequeña niña cubierta de hollín y suciedad. Ella no se inmutó lo más mínimo ante los crueles insultos de Victoria. Mantuvo su postura firme y digna, protegiendo al frágil bebé contra su pecho delgado.
May you like
—Yo la vi —insistió la niña, con una claridad y contundencia que cortó el tenso aire como un cuchillo afilado—. Era de madrugada. Hacía mucho frío en la calle. Ella bajó de un coche negro y brillante, miró para todos lados asegurándose de que nadie la viera, y dejó la caja de zapatos junto a los contenedores de basura del callejón oscuro. Yo estaba escondida buscando algo de comida. La vi perfectamente. Llevaba ese mismo collar de piedras brillantes que tiene ahora.
Alejandro dirigió lentamente su mirada de hielo hacia el pálido cuello de Victoria. Allí descansaba el enorme collar de diamantes, una pieza única y exclusiva que él mismo le había regalado meses atrás. La evidencia circunstancial, sumada a la firmeza de la niña, era absolutamente demoledora. La respiración de Alejandro se volvió agitada. Las piezas del oscuro rompecabezas comenzaban a encajar de una manera macabra y enfermiza. Hace apenas un mes, Victoria le había dicho, con lágrimas en los ojos, que el hijo que esperaban, su ansiado heredero, había nacido muerto prematuramente mientras él estaba en un largo viaje de negocios por Europa. ¿Podría ser este mismo bebé su propio hijo, arrojado como un desperdicio para ocultar algún retorcido secreto?