Chapter 12


Esa misma tarde, el cobarde y oscuro plan de intimidación orquestado por el abogado sin escrúpulos de Victoria se puso en marcha de inmediato. Dos hombres muy fornidos, con rostros marcados por cicatrices, vestidos con chaquetas oscuras y una actitud sumamente intimidante, ingresaron sigilosamente por las puertas traseras del hospital fingiendo ser familiares de un paciente enfermo. Su malicioso objetivo estaba muy claro: encontrar rápidamente la habitación privada de Lucía, asustarla de muerte, golpearla si era necesario, y obligarla a retractarse formalmente de todo lo que había dicho sobre Victoria aquella noche en la gala.
Caminaron por los iluminados pasillos del recinto médico con pasos calculados, buscando el número de cuarto de pediatría que les habían indicado sus informantes. Al encontrar la puerta correcta, los matones intercambiaron una mirada cómplice y perversa, y giraron el frío pomo metálico lentamente para no hacer ruido.
Sin embargo, apenas cruzaron el umbral de la habitación, preparados para causar terror, se encontraron con una sorpresa mayúscula que los dejó completamente helados. Alejandro Montenegro no solo estaba presente en la habitación, sino que estaba escoltado por el experimentado jefe de seguridad privada de su empresa y tres policías encubiertos fuertemente armados que el detective Ramírez había enviado para proteger a la niña, tras escuchar la evidencia de las cintas grabadas en la prisión.
—Parece que tenemos visitas muy inesperadas —dijo Alejandro con una voz cargada de ironía y una frialdad cortante, levantándose de su silla mientras Lucía permanecía totalmente segura y calmada detrás de su imponente figura protectora.
Los dos violentos matones, al verse repentinamente descubiertos y completamente acorralados por hombres armados y agentes de la ley, intentaron dar media vuelta torpemente y escapar corriendo por el largo pasillo. Pero el jefe de seguridad fue muchísimo más rápido. En cuestión de breves segundos, ambos hombres fueron sometidos brutalmente en el suelo brillante, y esposados fuertemente por la policía sin darles tiempo de sacar sus armas ocultas.
Alejandro se acercó a uno de ellos que yacía en el piso, mirándolo desde arriba con un desprecio absoluto y fiero.
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—Dile a la despreciable mujer que te contrató, y al abogado de pacotilla que ideó este ridículo plan, que se acaban de ganar diez años más de dura condena por intento claro de obstrucción a la justicia e intimidación agravada a un menor de edad —sentenció Alejandro, con una firmeza implacable que retumbó en la habitación—. Nadie en este maldito mundo va a tocar a mi familia. Y esta niña que ven aquí es mi familia.
Lucía, desde la seguridad y comodidad de la cama del hospital, observó asombrada y conmovida cómo Alejandro la defendía con una fiereza de león. Por primera vez en toda su trágica y corta vida, comprendió realmente lo que significaba tener a alguien mayor y fuerte que la protegiera de todos los monstruos del mundo exterior.