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Chapter 13

Apenas una semana después del caótico y sumamente dramático incidente en la ostentosa fiesta de gala, los doctores especialistas finalmente firmaron emocionados los ansiados papeles de alta médica para el pequeño Mateo y para la valiente Lucía. El frágil bebé había recuperado un color muy saludable, respiraba con total normalidad sin ayuda y las dolorosas marcas violáceas en sus pequeños bracitos se habían desvanecido casi por completo gracias a los cuidados constantes. Lucía, por su parte, lucía como una niña completamente diferente; su largo cabello estaba maravillosamente limpio, sedoso y bien peinado, vestía ropa nueva de vivos colores y de excelente calidad, y sus hermosos ojos oscuros brillaban intensamente con una alegría que había olvidado que existía.

Alejandro, rebosante de orgullo, los acompañó hasta la salida principal del hospital, donde su chofer de mayor confianza los esperaba respetuosamente junto a un elegante y larguísimo automóvil oscuro. El viaje hacia la inmensa mansión Montenegro fue maravilloso y muy tranquilo. Lucía miraba totalmente asombrada por la brillante ventanilla, maravillada por los grandes edificios y las amplias y arboladas avenidas de la ciudad, mientras sostenía con sumo cuidado la pequeña mano del bebé que dormía plácidamente y a salvo en su lujosa silla de seguridad para autos.

Al llegar a la inmensa propiedad ubicada en el barrio más exclusivo, las enormes puertas de hierro forjado se abrieron majestuosamente para recibirlos. El imponente coche avanzó lentamente por un largo camino empedrado, rodeado de hermosos, coloridos y cuidados jardines, hasta detenerse justo frente a la inmensa e imponente entrada principal de mármol de la casa.

El personal completo y uniformado de la enorme casa, desde el estricto mayordomo hasta las talentosas cocineras y el amable equipo de limpieza, estaba alineado en la entrada principal. Todos ellos sabían exactamente lo que había pasado; las terribles y heroicas noticias habían sido el tema principal en absolutamente todo el país. Y todos ellos odiaban profundamente en secreto a Victoria por sus constantes malos tratos, sus gritos despectivos y su actitud despótica.

Cuando Alejandro bajó rápidamente del coche llevando a su hijo Mateo en brazos y ayudó cariñosamente a Lucía a salir, el personal no pudo contener en absoluto la inmensa emoción. La veterana ama de llaves, una mujer mayor de aspecto muy maternal llamada Rosa, dio un paso adelante y, con gruesas lágrimas en los ojos, le entregó un pequeño pero hermoso ramo de flores frescas a Lucía.

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—Bienvenida a su nuevo hogar, señorita Lucía. Todos en esta gran casa estamos inmensamente honrados y profundamente agradecidos por el milagro que usted hizo —dijo Rosa, haciendo una pequeña y muy respetuosa reverencia sincera—. Le hemos preparado una habitación hermosísima, justo al lado del amplio cuarto del bebé. Aquí jamás en su vida le volverá a faltar absolutamente nada.

Lucía sonrió ampliamente, abrazando las flores contra su pecho, sintiendo por fin que había encontrado un lugar seguro al cual pertenecer de verdad.

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