Chapter 3


El incesante murmullo general estalló violentamente en el salón de gala tras la aplastante y cruda declaración de Alejandro. La alta sociedad, siempre ávida de escándalos jugosos y secretos oscuros ajenos, no podía dar crédito a la atrocidad que acababan de presenciar. La influyente, glamurosa y supuestamente perfecta Victoria Montenegro había fingido fríamente la muerte del hijo y heredero de Alejandro para luego arrojarlo a un sucio contenedor de basura como si fuera un vulgar desecho de la calle.
Alejandro, ignorando por completo los susurros venenosos de los invitados y los flashes de algunos teléfonos que comenzaban a grabar, se arrodilló lentamente sobre la suave alfombra roja. No le importó en lo más mínimo arruinar las rodillas de sus costosos pantalones de diseñador italiano. Quedó exactamente a la altura de la pequeña niña, cuyos ojos oscuros y enormes lo observaban con una mezcla de precaución y un pequeño destello de esperanza.
—¿Cómo te llamas, pequeña valiente? —preguntó Alejandro, suavizando su grave voz todo lo posible para no asustarla más de lo que ya estaba.
—Me llamo Lucía, señor —respondió ella, sin soltar ni un solo segundo al bebé, aunque sus delgados y desnutridos brazos comenzaban a temblar visiblemente por el inmenso cansancio acumulado.
—Lucía... dime, por favor, exactamente qué fue lo que pasó esa terrible noche. No tengas miedo de nada, te juro por mi propia vida que absolutamente nadie en este lugar te hará daño —le aseguró él, mirándola con una gratitud y sinceridad infinitas.
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La niña respiró hondo, cerró los ojos por un segundo como si intentara organizar sus dolorosos y recientes recuerdos, y comenzó a hablar frente a todos.
—Yo vivo escondida en el callejón detrás del gran hospital privado de la avenida principal. Esa noche llovía muchísimo. Yo estaba buscando unos cartones secos para poder dormir cuando vi un coche muy grande y oscuro detenerse de golpe. Ella bajó con mucha prisa. —Lucía levantó el mentón y señaló a Victoria con desprecio—. Llevaba un abrigo largo negro, pero ese collar brillaba mucho con las luces amarillas de la calle. Dejó una caja de cartón y se fue muy rápido. Cuando el coche arrancó, escuché un llanto muy bajito y débil. Pensé que era un gatito abandonado. Cuando abrí la caja, él estaba ahí adentro. Estaba morado por el frío y tenía estas feas marcas en los bracitos, como si lo hubieran apretado muy fuerte. Lo envolví rápido en mi suéter viejo y lo he estado cuidando dándole leche que pedí llorando en la panadería de la esquina. Pero se enfermó, señor. Tenía mucha fiebre hoy y respiraba feo. Supe que ella venía a esta fiesta tan grande porque vi su foto y el anuncio en una revista que encontré tirada en la calle, y decidí traerlo para que todos supieran lo mala que es y para que usted pudiera salvar a su bebé.