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Chapter 9

El horror de quedar encerradas nuevamente se vio eclipsado por el siguiente movimiento de Daniel. A través del cristal, Elena y Rosa vieron cómo el hombre se acercaba a la caja de control del sistema de gas de la casa, estratégicamente situada junto a la pared exterior del pasillo, muy cerca de la cocina. Con una herramienta que sacó de una repisa cercana, abrió la cubierta metálica, golpeó y dañó deliberadamente una de las gruesas conexiones de la tubería principal, y giró la válvula roja al máximo de su capacidad.

Dentro de la cocina, por encima del crepitar de las llamas, Rosa escuchó un silbido agudo y aterrador proveniente de las tuberías detrás de las paredes. El olor a gas metano, dulzón y penetrante, se extendió rápidamente, mezclándose con el humo tóxico.

—¡El gas! —gritó Rosa, con los ojos desorbitados por el pánico—. ¡Ha abierto el gas! ¡Tenemos que salir ahora mismo o esto volará en pedazos!

Daniel retrocedió varios pasos por el pasillo, tomando a su madre del brazo para alejarse del peligro inminente.

—¡Todavía puedes detener esto, Daniel! —suplicó Elena desde el suelo, golpeando débilmente el cristal con sus manos manchadas de hollín—. ¡Es tu propio hijo el que está aquí dentro! ¡Por favor!

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—Ese hijo heredaría todo el imperio de mi padre y, gracias a lo que descubriste, me enviaría directamente a prisión antes de aprender a caminar. No puedo permitirlo —respondió él, dándose la vuelta.

Sabiendo que no había tiempo que perder, Rosa tomó una pesada silla de roble macizo de la mesa del comedor y golpeó la puerta de cristal reforzado con todas las fuerzas que le quedaban en su viejo cuerpo. El primer impacto apenas dejó una pequeña grieta en forma de telaraña. Retrocedió un paso, tomó impulso y volvió a golpearla. La grieta comenzó a extenderse con un crujido sordo, pero el cristal de seguridad aún resistía.

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