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Chapter 17

Rosa permaneció en la unidad de quemados, sumida en un coma inducido para ayudar a su cuerpo a soportar el tremendo dolor de sus lesiones y las múltiples cirugías reconstructivas en su pierna. Pasaron dos largas y angustiosas semanas antes de que los médicos decidieran retirar la sedación. Cuando la anciana finalmente despertó, sintiéndose desorientada, adolorida y rodeada por el pitido constante de los monitores cardíacos, su primer pensamiento instintivo no fue para ella misma. Intentó hablar, pero su garganta estaba seca.

Al girar la cabeza lentamente sobre la almohada, su corazón se llenó de una paz indescriptible. Allí, sentada en un cómodo sillón junto a su cama de hospital, estaba Elena. La joven madre lucía pálida y cansada, pero viva y sonriente. En sus brazos, envuelto en una suave manta azul y respirando por sí mismo, sostenía a un bebé perfectamente sano.

—Hola, mi heroína —susurró Elena, acercándose a la cama con los ojos llenos de lágrimas de gratitud—. Quiero presentarte a alguien muy especial. Este es Mateo. Significa “regalo de Dios”.

Rosa, a pesar del dolor de las vendas en su rostro y manos, sonrió débilmente, dejando que una lágrima de inmensa felicidad rodara por su mejilla intacta.

—Es hermoso, señora. Es un ángel perfecto —logró decir la anciana con voz ronca, extendiendo un dedo vendado para acariciar suavemente la mejilla del recién nacido.

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—Está vivo única y exclusivamente porque usted lo cubrió con su propio cuerpo, Rosa. Nos salvó la vida a los dos, sacrificándose sin dudar —dijo Elena, besando la mano herida de la mujer mayor.

—Y usted está viva porque no dejó de luchar en ningún momento, mi niña —respondió Rosa con ternura—. Ahora somos familia.

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