Chapter 3

El despertar fue una agonía lenta y confusa. Elena recuperó el conocimiento sintiendo un dolor punzante en la nuca que le provocaba náuseas. Trató de llevarse las manos a la cabeza para aliviar el dolor, pero un tirón brusco en sus hombros se lo impidió. Parpadeó varias veces, intentando enfocar la vista a través de la espesa neblina que nublaba su mente. Estaba tumbada sobre las baldosas frías de la inmensa cocina de la mansión. Cuando intentó moverse de nuevo, la terrible realidad la golpeó de lleno: tenía las manos fuertemente atadas a la espalda con una cuerda áspera que le cortaba la circulación de las muñecas, y otra cuerda idéntica rodeaba sus tobillos, inmovilizándola por completo.
El pánico estalló en su pecho cuando sintió un olor inconfundible y aterrador: humo. Un humo negro, espeso y tóxico comenzaba a descender desde el alto techo de la cocina como una manta asfixiante. Las hermosas y costosas cortinas de lino que adornaban los ventanales ya estaban envueltas en llamas brillantes y voraces. El fuego se extendía con una rapidez antinatural, lamiendo los muebles de madera maciza y trepando por los armarios superiores. Alguien había rociado acelerante.
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—¡Ayuda! —gritó Elena, con la voz quebrada por el terror y la tos incipiente—. ¡Por favor, mi bebé!
Hizo un esfuerzo sobrehumano por incorporarse, ignorando el dolor en sus articulaciones, pero las cuerdas se lo impidieron, manteniéndola anclada al suelo. Se retorció como pudo, impulsándose con los hombros, y rodó hacia un lado justo en el instante exacto en que una pesada tabla de madera en llamas se desprendió del techo y cayó violentamente en el lugar donde había estado su vientre un segundo antes. Las chispas saltaron, quemando ligeramente el dobladillo de su vestido de maternidad. Estaba atrapada, embarazada de ocho meses, en el centro de un infierno que había sido diseñado específicamente para borrar su existencia y la de su hijo de la faz de la tierra.