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Chapter 8

Daniel miró a los ojos llenos de lágrimas de su esposa. Por un segundo imperceptible, pareció dudar, pero su ambición y su codicia eran mucho más fuertes que cualquier rastro de amor que alguna vez hubiera sentido.

—No iba a permitir que mi madre te encerrara aquí de esta manera, Elena. Iba a ser algo indoloro, un accidente rápido mientras dormías —respondió él con una frialdad clínica, como si estuviera hablando de un simple negocio fallido—. Pero ahora las cosas se han complicado, y ya es demasiado tarde para cambiar el plan.

Por un instante de locura, Elena creyó que el peso de sus palabras, el hecho de verla a punto de dar a luz a su hijo, lo haría arrepentirse. Sin embargo, Daniel dio un paso al frente, agarró el pomo de la puerta de cristal, la cerró de golpe en la cara de ambas mujeres y, sacando la llave que Rosa había dejado puesta en la cerradura por dentro, la giró con un clic definitivo. Había cerrado la puerta por fuera.

Rosa soltó a Elena con cuidado, corrió hacia la puerta y golpeó los cristales reforzados con ambas manos desnudas.

—¡Señor Daniel, abra inmediatamente! ¡Está matando a su propio hijo! ¡Esto es una locura! —gritó la anciana, golpeando el vidrio hasta hacerse daño en los nudillos.

Daniel sacó la llave de la cerradura y se la guardó tranquilamente en el bolsillo de su pantalón.

—Cuando lleguen los bomberos, diremos que Elena estaba cocinando algo, se quedó dormida y que una fuga provocó el incendio accidental.

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—¡Nadie creerá esa estupidez! ¡Hay cámaras, hay forenses! —gritó Rosa.

—No quedará nadie con vida que pueda negarlo, Rosa. Y ustedes dos se acaban de convertir en cenizas —sentenció Daniel, dándoles la espalda sin el menor remordimiento.

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