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Chapter 19 - The Mask Slips

Las palabras de la pequeña Sofía resonaron en las altas bóvedas del salón de los Valcárcel con el peso aplastante de un mazo de juez. Nicolás, que había permanecido a un lado observando el intercambio en un estado de creciente shock y confusión, apartó bruscamente su brazo del agarre desesperado de Irene. La miró de arriba abajo con profunda repulsión, retrocediendo un paso como si acabara de descubrir una enorme e insalvable grieta abriéndose justo bajo la suela de sus elegantes zapatos italianos.

—¿Por qué lo hiciste, Irene? —preguntó Nicolás, y su voz ya no sonaba amorosa, sino oscura y cargada de una ira silenciosa—. ¿Por qué montaste todo este patético circo para incriminar a una empleada inocente?

Irene, viéndose acorralada, sin aliados y sabiendo que su brillante y meticuloso castillo de naipes se había derrumbado por completo frente a la flor y nata de la sociedad madrileña, dejó caer su refinada máscara. Su rostro, hasta entonces hermoso y sereno, se contorsionó en una mueca de puro odio y frustración.

—¡Porque no quería que esa maldita mujer siguiera trabajando un solo día más bajo este techo! —gritó Irene, histérica y perdiendo totalmente los estribos—. ¡Clara es peligrosa! ¡Sabe demasiado!

Clara, que todavía estaba arrodillada en el suelo abrazando fuertemente a su hija, levantó la cabeza, completamente perpleja por aquella revelación.

—¿Qué se supone que sé yo? —preguntó Clara, genuinamente confundida.

Irene miró a Nicolás, llorando lágrimas de pura rabia.

—¡Ella me espió! Hoy por la tarde, en la terraza. Ella estaba allí escondida escuchando mi llamada telefónica privada. La llamada sobre los papeles del contrato. Sobre la maniobra hostil para apoderarnos de la empresa de tu madre.

Doña Mercedes se quedó absolutamente helada, llevándose una mano temblorosa al pecho. Nicolás dio un paso amenazante hacia su prometida, con los puños apretados.

—¿Qué maldito contrato, Irene? ¿De qué firmas falsas estás hablando? —exigió saber él.

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Clara recordó entonces aquella tarde calurosa, cuando Irene había hablado por teléfono en la terraza exterior, creyendo arrogantemente que no había nadie cerca que pudiera escucharla. Había mencionado claramente documentos legales, firmas falsificadas y una venta forzada del patrimonio antes de la inminente boda. El robo de la pulsera había sido, simplemente, un burdo y cruel plan de contingencia para deshacerse rápidamente de la única persona que podía arruinar el gran robo corporativo.

Las sirenas de la policía comenzaron a sonar a lo lejos, acercándose por el camino de grava de la entrada, pero esta vez, no venían a llevarse a Clara.

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