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Chapter 11 - All Eyes on Her

La señora de la casa, doña Mercedes, abandonó inmediatamente a su grupo de amistades y se acercó rápidamente al centro de la sala, con sus tacones resonando autoritariamente contra el mármol. Nicolás corrió detrás de su madre y abrazó a Irene por los hombros, intentando calmar su visible estado de ansiedad.

—¿Qué ocurre, Irene? ¿Estás completamente segura de lo que dices? —preguntó la matriarca, frunciendo el ceño profundamente ante el escándalo que amenazaba con arruinar su perfecta velada.

—¡Claro que estoy segura, Mercedes! —sollozó Irene, aferrándose al esmoquin de Nicolás—. La llevaba puesta en la muñeca cuando llegué. Es la pulsera de diamantes de mi difunta abuela. Vale una fortuna incalculable, pero su valor sentimental es insustituible para mí. ¡Me la han robado!

Nicolás suspiró, acariciando la espalda de su prometida.

—Cariño, por favor, cálmate. El salón es inmenso y hay mucha gente. Tal vez se soltó el broche de seguridad y se te cayó en el jardín o mientras bailábamos. Vamos a buscarla, seguro que aparece.

Irene se apartó de él bruscamente, negando con la cabeza con vehemencia. Levantó su brazo derecho, estiró su dedo índice con uñas perfectamente manicuradas y apuntó directamente, como un juez dictando sentencia, hacia la esquina donde se encontraba la empleada.

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—No. No se me ha caído —declaró Irene con voz fuerte y clara—. Hace tan solo unos minutos, durante el apagón, esa mujer pasó rozándome de manera muy extraña.

Y todos los ojos del salón siguieron la dirección de aquel dedo acusador, clavándose directamente en Clara.

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