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Capítulo 9: Jaque a la matriarca

A la mañana siguiente, el módulo de prisión preventiva era un lugar gris y desolado. Doña Rebeca Alcázar, privada de sus trajes de marca y sus joyas de perlas, parecía haber envejecido diez años en una semana. Mantenía las manos cruzadas sobre la mesa de metal de la sala de visitas.

Al otro lado del cristal blindado no estaba su abogado, Octavio, quien había huido del país la noche anterior. Estaban Valeria y Sebastián, sentados uno al lado del otro.

—Has venido a regodearte —dijo Rebeca con voz ronca, mirando fijamente a Valeria—. Felicidades. Has destruido a esta familia.

—Tú te destruiste sola el día que enviaste a esos matones a golpearme las piernas en la cama del hospital —replicó Valeria con una frialdad magnética—. Pero no hemos venido a hablar de tu crueldad, Rebeca. Hemos venido a hablar de Eugenio.

El nombre del patriarca actuó como una descarga eléctrica en la anciana. La altivez de Rebeca se desvaneció al instante, sustituida por un terror primario que no pudo ocultar.

—Él... ¿os ha contactado? —susurró, pegándose al cristal.

—Dejó una nota en el cuarto de Mateo anoche —dijo Sebastián, apretando los puños sobre la mesa—. Supo burlar la seguridad de la casa. Madre, dinos la verdad de una vez. ¿Sabías que estaba vivo?

Rebeca tragó saliva. Sus ojos iban de su hijo a su exnuera.

—Eugenio nunca estuvo en ese barco cuando se hundió —confesó, con el aliento agitado—. Él organizó el accidente. Necesitaba desaparecer porque la Interpol le pisaba los talones por unos negocios en el extranjero. Me dejó a cargo de la empresa con una condición: cuando el primer varón de la siguiente generación naciera, yo debía entregarle la tutela legal a su red de fideicomisos. Si no lo hacía... prometió que me arruinaría y me dejaría pudrirme en la cárcel.

—Por eso intentaste internarme en Saltillo —dedujo Valeria, uniendo los puntos—. No querías el dinero para ti. Querías entregarle el niño a Eugenio para salvar tu propio pellejo.

—¡No sabéis de lo que es capaz ese hombre! —estalló Rebeca en un sollozo sofocado—. Para él somos piezas de ajedrez. ¡Pensáis que habéis ganado porque la Fiscalía congeló las cuentas, pero él controla a los jueces, controla a los bancos! Si no le entregáis a Mateo, os destruirá a los tres.

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Valeria se levantó despacio de la silla, apoyando las palmas de las manos sobre la mesa y mirando a Rebeca directamente a los ojos.

—Se equivoca, doña Rebeca. Eugenio jugará con sus reglas... pero el tablero ahora es mío.

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