Chapter 27 - El laberinto de las calles empedradas

La ciudad de Ginebra recibía a sus visitantes bajo una llovizna fina y persistente que emborronaba las luces de los escaparates de lujo situados a lo largo del Ródano. El cielo plomizo reflejaba las aguas oscuras del lago, donde los chorros monumentales de agua brotaban hacia el cielo como lanzas de plata líquida.
El coche oficial que los había recogido en la mansión alpina les dejó frente a un edificio señorial del siglo XVIII situado en el corazón del casco antiguo (Vieille Ville), en una callejuela empedrada y estrecha llamada Rue de l'Hôtel-de-Ville. Las fachadas de piedra oscura, flanqueadas por contraventanas de madera verde y balcones de hierro forjado, destilaban una elegancia discreta y secular, muy alejada del lujo ostentoso y recargado de la mansión de Marbella.
Sebastián introdujo la llave magnética en la pesada puerta de roble del portal, empujándola con un chirriar sutil de bisagras engrasadas. El interior del edificio era un vestíbulo silencioso, decorado con molduras de estuco blanco, un suelo de parqué de espiga impecablemente encerado y una pequeña mesa consola de caoba sobre la cual reposaba un sobre de papel kraft idéntico al que habían recibido en el hotel de la Costa del Sol.
—Otra cartita —murmuró Sebastián con desprecio, cerrando la puerta de un portazo sordo que resonó en el hueco de la escalera—. Parece que el abuelo no puede comunicarse con nosotros sin recurrir a la vieja escuela del espionaje de posguerra. ¿Qué crees que dice esta vez? ¿Que nos suicidemos colectivamente si no le mandamos un informe diario de gastos?
Valeria subió los dos primeros escalones con el niño en brazos, deteniéndose frente a la consola. Cogió el sobre de papel kraft y lo abrió con los dedos, extrayendo una tarjeta de cartulina blanca escrita a máquina con tipografía de los años sesenta.
«Bienvenidos al refugio. Las cuentas de la Fundación Fénix ya están operativas en el Banco Cantonal de Ginebra. En la caja fuerte del despacho encontrareis los nuevos pasaportes a nombre de la familia Miller. A las ocho de la tarde os espera un emisario en el café L'Ami Caliste para entregaros los códigos de acceso finales al servidor central. No lleguéis tarde; la puntualidad es la única cortesía que le queda a los hombres muertos.»
Valeria dejó caer la cartulina sobre la mesa de caoba. Su rostro no mostraba sorpresa ni indignación; era el rostro de alguien que ha aceptado plenamente su condición de prisionera dorada en una celda sin barrotes visibles.
—Vamos a subir —dijo Valeria con calma—. Necesito cambiarle el pañal a Mateo y prepararme para nuestra pequeña cita de las ocho de la tarde en el café.
El piso franco era un dúplex amplio, decorado con un minimalismo escandinavo en tonos grises y blancos, con grandes ventanales que daban a los tejados de pizarra del casco histórico ginebrino. En el despacho principal, situado en la planta superior bajo las vigas de madera vista, una caja fuerte empotrada en la pared de piedra esperaba abierta con una llave dorada colgando de su cerradura.
Sebastián se acercó a la caja fuerte y extrajo dos pasaportes suizos impecables, con fotografías recientes de ambos y nombres completamente nuevos: Thomas Miller y Claire Miller. Junto a los pasaportes había fajos de billetes de quinientos euros perfectamente precintados —cincuenta mil en total— y un teléfono móvil encriptado de última generación, sin ranura para tarjeta SIM física, configurado exclusivamente para comunicaciones satelitales de alta seguridad.
—Thomas y Claire Miller... —leyó Sebastián en voz alta, hojeando las páginas plastificadas del documento falso—. Suizos de nacimiento, residentes fiscales en Zúrich, sin antecedentes penales y con un historial crediticio impecable en la banca privada helvética. Nos han borrado del mapa en menos de veinticuatro horas. Ya no existimos, mamá. Somos dos fantasmas con cuentas millonarias en paraísos fiscales.
Valeria dejó a Mateo tumbado sobre una cuna de viaje que ya estaba montada en la habitación contigua, arropándole con una mantita de algodón antes de volver al despacho. Se acercó a la ventana, observando cómo la llovizna comenzaba a convertirse en una fina capa de aguanieve que se acumulaba en los alféizares de piedra.
—Nunca fuimos quienes creíamos ser, Sebastián —dijo Valeria con voz pausada, apoyando las palmas de las manos contra el frío cristal del ventanal—. En el mundo de los Alcázar, los nombres propios son solo etiquetas temporales que se cambian cuando se manchan de demasiado polvo. Ahora somos los Miller. Y más nos vale interpretar nuestros papeles a la perfección si queremos seguir respirando el aire de estas montañas.
La ciudad de Ginebra recibía a sus visitantes bajo una llovizna fina y persistente que emborronaba las luces de los escaparates de lujo situados a lo largo del Ródano. El cielo plomizo reflejaba las aguas oscuras del lago, donde los chorros monumentales de agua brotaban hacia el cielo como lanzas de plata líquida.
El coche oficial que los había recogido en la mansión alpina les dejó frente a un edificio señorial del siglo XVIII situado en el corazón del casco antiguo (Vieille Ville), en una callejuela empedrada y estrecha llamada Rue de l'Hôtel-de-Ville. Las fachadas de piedra oscura, flanqueadas por contraventanas de madera verde y balcones de hierro forjado, destilaban una elegancia discreta y secular, muy alejada del lujo ostentoso y recargado de la mansión de Marbella.
Sebastián introdujo la llave magnética en la pesada puerta de roble del portal, empujándola con un chirriar sutil de bisagras engrasadas. El interior del edificio era un vestíbulo silencioso, decorado con molduras de estuco blanco, un suelo de parqué de espiga impecablemente encerado y una pequeña mesa consola de caoba sobre la cual reposaba un sobre de papel kraft idéntico al que habían recibido en el hotel de la Costa del Sol.
—Otra cartita —murmuró Sebastián con desprecio, cerrando la puerta de un portazo sordo que resonó en el hueco de la escalera—. Parece que el abuelo no puede comunicarse con nosotros sin recurrir a la vieja escuela del espionaje de posguerra. ¿Qué crees que dice esta vez? ¿Que nos suicidemos colectivamente si no le mandamos un informe diario de gastos?
Valeria subió los dos primeros escalones con el niño en brazos, deteniéndose frente a la consola. Cogió el sobre de papel kraft y lo abrió con los dedos, extrayendo una tarjeta de cartulina blanca escrita a máquina con tipografía de los años sesenta.
«Bienvenidos al refugio. Las cuentas de la Fundación Fénix ya están operativas en el Banco Cantonal de Ginebra. En la caja fuerte del despacho encontrareis los nuevos pasaportes a nombre de la familia Miller. A las ocho de la tarde os espera un emisario en el café L'Ami Caliste para entregaros los códigos de acceso finales al servidor central. No lleguéis tarde; la puntualidad es la única cortesía que le queda a los hombres muertos.»
Valeria dejó caer la cartulina sobre la mesa de caoba. Su rostro no mostraba sorpresa ni indignación; era el rostro de alguien que ha aceptado plenamente su condición de prisionera dorada en una celda sin barrotes visibles.
—Vamos a subir —dijo Valeria con calma—. Necesito cambiarle el pañal a Mateo y prepararme para nuestra pequeña cita de las ocho de la tarde en el café.
El piso franco era un dúplex amplio, decorado con un minimalismo escandinavo en tonos grises y blancos, con grandes ventanales que daban a los tejados de pizarra del casco histórico ginebrino. En el despacho principal, situado en la planta superior bajo las vigas de madera vista, una caja fuerte empotrada en la pared de piedra esperaba abierta con una llave dorada colgando de su cerradura.
Sebastián se acercó a la caja fuerte y extrajo dos pasaportes suizos impecables, con fotografías recientes de ambos y nombres completamente nuevos: Thomas Miller y Claire Miller. Junto a los pasaportes había fajos de billetes de quinientos euros perfectamente precintados —cincuenta mil en total— y un teléfono móvil encriptado de última generación, sin ranura para tarjeta SIM física, configurado exclusivamente para comunicaciones satelitales de alta seguridad.
—Thomas y Claire Miller... —leyó Sebastián en voz alta, hojeando las páginas plastificadas del documento falso—. Suizos de nacimiento, residentes fiscales en Zúrich, sin antecedentes penales y con un historial crediticio impecable en la banca privada helvética. Nos han borrado del mapa en menos de veinticuatro horas. Ya no existimos, mamá. Somos dos fantasmas con cuentas millonarias en paraísos fiscales.
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—Nunca fuimos quienes creíamos ser, Sebastián —dijo Valeria con voz pausada, apoyando las palmas de las manos contra el frío cristal del ventanal—. En el mundo de los Alcázar, los nombres propios son solo etiquetas temporales que se cambian cuando se manchan de demasiado polvo. Ahora somos los Miller. Y más nos vale interpretar nuestros papeles a la perfección si queremos seguir respirando el aire de estas montañas.