Capítulo 8: Alianza por necesidad


A las tres de la madrugada, la tormenta descargaba con furia sobre las montañas de Santiago. En el estudio de Valeria, la pantalla del ordenador iluminaba sus rostros con un fulgor azulado. Sebastián y ella, enemigos acérrimos en los tribunales hacía apenas una semana, compartían ahora una taza de café negro mientras analizaban la trama financiera.
—Mira esto —señaló Valeria en la pantalla, haciendo clic en una serie de transferencias cruzadas—. La cuenta de Panamá a la que llamaron esta mañana ha enviado un flujo constante de capital a una clínica privada en la Costa del Sol, en España. Específicamente en Marbella.
—Mi abuelo siempre dijo que si algún día se retiraba, se iría a morir al Mediterráneo —recordó Sebastián, entrecerrando los ojos—. Pero las fechas no coinciden. Los ingresos en esa clínica comenzaron hace solo cinco años.
—Porque antes no estaba enfermo —interrumpió Valeria—. Eugenio Alcázar ha estado gestionando su imperio desde el anonimato. Pero ahora necesita una transfusión de liquidez legal. Las leyes contra el blanqueo en la Unión Europea se han endurecido. La única forma que tiene de repatriar esos tres mil ochocientos millones sin levantar sospechas en el Banco de España es a través de la herencia legítima de Mateo.
De repente, la pantalla del ordenador se volvió negra.
Un pitido agudo resonó en los altavoces de la casa. El sistema de alarma interior comenzó a parpadear en rojo. Valeria se puso en pie de un salto y corrió hacia la habitación del bebé. Sebastián la siguió a escasos centímetros, sacando un teléfono del bolsillo para llamar a la policía.
No había cobertura. Ningún móvil tenía señal. Un inhibidor de frecuencia estaba actuando cerca de la vivienda.
—¡Mateo! —gritó Valeria, irrumpiendo en la habitación del niño.
La cuna estaba intacta. El pequeño dormía plácidamente, ajeno al peligro. Pero sobre la mecedora adyacente, donde Valeria solía amamantarlo por las noches, había una nota manuscrita y una rosa negra recién cortada.
Sebastián llegó sofocado a la puerta, protegiendo con su cuerpo el acceso al pasillo.
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Valeria desdobló la nota con manos temblorosas. La caligrafía era la misma que la del libro de contabilidad.
«Habéis heredado mi astucia, pero no mi paciencia. Tenéis 48 horas para retirar la denuncia contra Rebeca y autorizar el viaje del niño a Madrid. De lo contrario, los expedientes que os acusan a ambos de fraude fiscal saldrán a la luz. La familia Alcázar no se destruye; se purga.»