Capítulo 11: La trampa de la Gran Vía


El taxi los dejó frente a un majestuoso edificio de fachada neoclásica en la Gran Vía madrileña. Valeria llevaba a Mateo protegido contra su pecho con un fular de porteo, mientras Sebastián escudriñaba cada rincón de la calle. El aire de Madrid olía a café recién tostado y lluvia reciente, pero la calma exterior era solo un espejismo.
Subieron al sobreático en un ascensor de madera tallada que crujía a cada piso. Allí los esperaba Don Álvaro de la Serna, el notario sénior a cuyo nombre figuraba la gestión del fideicomiso en la capital española.
—Señora San Juan, señor Alcázar —saludó el notario con una inclinación de cabeza helada—. Su abuelo dejó instrucciones muy precisas para cuando este momento llegara.
—No hemos venido a jugar a sus adivinanzas —cortó Valeria, apoyando el bolso de mano sobre la mesa de caoba—. Los fondos han sido transferidos a la cuenta de mi hijo, pero Sebastián tiene una orden de detención emitida por la policía española. Eugenio ha orquestado esto para acorralarnos.
El notario sonrió de forma enigmática mientras extraía un grueso folio de un cajón con cerradura.
—Don Eugenio no busca acorralaros, señora San Juan. Busca purgar las ramas podridas. En esta carpeta están las pruebas definitivas que exoneran a Sebastián de los delitos financieros y señalan directamente a Rebeca y a Octavio como los únicos responsables. Pero para que estas pruebas lleguen a la Fiscalía de la Audiencia Nacional... usted debe firmar la aceptación del cargo de albacea ejecutiva del Grupo Alcázar.
Sebastián dio un paso al frente, con el rostro desencajado.
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—¿Y qué pasa si ella se niega?
—Si ella se niega —dijo el notario bajando la voz—, la orden de detención contra usted se ejecutará en esta misma sala en menos de diez minutos. Y el control total de las empresas pasará a un consejo de administración controlado por los antiguos socios de su abuelo en la sombra.