Capítulo 10: El vuelo hacia la penumbra


El aeropuerto internacional estaba abarrotado de viajeros. Entre el bullicio de la terminal de salidas hacia Barajas (Madrid), Valeria caminaba con paso firme, luciendo unas gafas de sol oscuras y portando a Mateo en un fular portabebés pegado a su pecho. A su lado, Sebastián cargaba con el equipaje de mano, alerta a cualquier movimiento sospechoso entre la multitud.
Habían tomado una decisión desesperada: para desmontar la red de Eugenio Alcázar no bastaba con esconderse en las montañas. Tenían que ir al corazón del imperio, al lugar donde el patriarca había tejido su última telaraña legal.
La Fiscalía mexicana había firmado un acuerdo de colaboración confidencial con la Policía Nacional española. Valeria había entregado la totalidad de los discos duros con los registros contables desglosados, pero guardaba una última carta bajo la manga: el código de acceso cifrado al verdadero fideicomiso, el cual solo ella, con sus conocimientos de peritaje, había logrado descifrar de la libreta arrugada.
Al llegar a la puerta de embarque, el teléfono móvil de Valeria vibró en el bolsillo de su abrigo.
Era un número desconocido con prefijo internacional de España (+34).
Valeria miró a Sebastián. Él le asintió levemente, transmitiéndole un mudo apoyo que jamás pensó que volvería a recibir de él. Pulsó el botón verde y se llevó el dispositivo a la oreja mientras la voz por megafonía anunciaba la última llamada para el vuelo rumbo a Madrid.
—Estamos en el avión, Eugenio —dijo Valeria en un murmullo helado, antes de que la voz al otro lado pudiera articular palabra—. Tengo los códigos de la cuenta de Panamá. Si quieres el dinero del fideicomiso, tendrás que dar la cara en Madrid.
Se hizo un silencio absoluto al otro lado de la línea. Se podían escuchar las olas del mar rompiendo suavemente de fondo, como si el interlocutor estuviera en una terraza frente al Mediterráneo.
Finalmente, una risa baja, profunda y carente de todo afecto resonó en el auricular.
—Qué ingenua eres, mi querida Valeria —respondió la voz de Eugenio, esta vez extrañamente cercana, casi limpia de interferencias—. ¿De verdad crees que os he hecho viajar a España para recuperar ese dinero?
Valeria se detuvo en seco justo antes de cruzar la pasarela de embarque. Un frío glacial le recorrió la espina dorsal.
—¿De qué estás hablando? —demandó ella, apretando instintivamente a Mateo contra su pecho.
—El fideicomiso nunca fue dinero, Valeria. El fideicomiso es la identidad de la persona que dirigirá nuestras empresas durante los próximos cincuenta años. Y para que Mateo asuma su trono... tú y Sebastián debíais estar exactamente donde estáis ahora. Mirad a vuestro alrededor.
Valeria se volvió bruscamente sobre sus talones.
A lo lejos, al fondo del pasillo de la terminal, entre la masa anónima de pasajeros, un hombre alto, de cabello canoso e impecable traje a medida, sostenía un bastón con empuñadura de plata. Levanto levemente el sombrero a modo de saludo y le dedicó una sonrisa enigmática antes de darse la vuelta y perderse en la multitud.
En ese mismo instante, los teléfonos móviles de Valeria y Sebastián sonaron al unísono con una alerta de mensaje prioritario de sus bancos.
La pantalla de Valeria mostraba una notificación que le encogió el corazón:
NOTIFICACIÓN BANCARIA: Se ha completado la transferencia de la totalidad de los fondos del Fideicomiso Alcázar (3.800.000.000 €) a la cuenta personal de Mateo Alcázar. Titular y albacea único designado: Valeria San Juan.
Sebastián la miró con el rostro desencajado, mostrando la pantalla de su propio terminal:
ALERTA JUDICIAL: Se ha cursado una orden internacional de detención contra Sebastián Alcázar y Rebeca Alcázar por alzamiento de bienes y blanqueo de capitales.
Valeria se quedó paralizada en medio del túnel de embarque. Eugenio no quería quitarle a su hijo. Le había entregado todo el imperio... a cambio de convertirla a ella en la nueva cabeza de la red criminal y destruir por completo a Sebastián.
El avión esperaba al final del pasillo. La azafata le sonrió, pidiéndole la tarjeta de embarque.
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Valeria miró a su bebé, luego a Sebastián —a quien dos agentes de paisano ya comenzaban a rodear a pocos metros de distancia— y finalmente hacia la puerta de salida.
El verdadero juego de los Alcázar acababa de empezar. Y la primera decisión que debía tomar definiría el resto de sus vidas.