Capítulo 6: Las reglas del difunto


El silencio tras el chasquido del teléfono pesaba más que la brisca de la mañana. Valeria se quedó inmóvil, observando las copas de los pinos agitarse tras el cristal. La voz de aquel anciano no era un fantasma; retumbaba con la autoridad de quien ha movido los hilos de la familia Alcázar desde las sombras durante las últimas dos décadas.
Miró la cuna donde Mateo dormía plácidamente. Un escalofrío le recorrió la espalda. Eugenio Alcázar. El patriarca, el hombre cuyo retrato al óleo presidía el vestíbulo de la sede central y a quien la prensa económica dio por ahogado en aguas del Caribe hacía veinte años.
—Si estás vivo... Rebeca no era la dueña del tablero, solo una pieza más —murmuró Valeria para sí misma.
Examinó el cuaderno de contabilidad con lupa. La caligrafía en tinta azul no dejaba lugar a dudas: los traspasos millonarios no eran desvíos para enriquecer a Rebeca o a Octavio, sino un goteo constante hacia sociedades fiduciarias en Panamá y las Islas Caimán. El fideicomiso de 3.800 millones jamás estuvo destinado a heredar a Mateo; el bebé solo era el pretexto legal para desencadenar una cláusula de liberación de fondos que el propio Eugenio había redactado antes de «morir».
El timbre de la puerta principal la sacó de su trance. Valeria guardó los documentos bajo la doble capa de su maletín de peritaje y se acercó al monitor de seguridad. En la entrada no había policías ni matones de la familia.
Era Sebastián. Tenía mal aspecto: el traje arrugado, la barba de tres días y la mirada desorbitada de quien acaba de descubrir que toda su vida ha sido una mentira.
Valeria abrió la puerta tan solo unos centímetros, con el pestillo de seguridad echado.
—No tienes nada que hacer aquí, Sebastián. El juez fue muy claro respecto a la orden de alejamiento.
—Valeria, por favor —suplicó él, con la voz quebrada—. Tienes que escucharme. Mi madre... mi madre está negociando con la Fiscalía para eludir la cárcel, pero ha aparecido algo en las auditorías que no cuadra. El despacho de abogados ha recibido una citación confidencial.
—Lo sé —respondió ella fríamente—. Tu abuelo manda recuerdos.
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Sebastián se quedó petrificado, abriendo los ojos de par en par.
—¿Cómo... cómo sabes tú eso?