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Capítulo 7: La sombra sobre la mesa

—Pasa. Pero mantén las manos donde pueda verlas y no te acerques a la cuna —sentenció Valeria, retirando el pestillo.

Sebastián entró en el salón con pasos vacilantes, como si temiera pisar una mina. Se dejó caer en la silla frente a la mesa de centro, observando los libros contables antiguos que Valeria había desplegado.

—Pensaba que mi padre y mi abuelo eran hombres de honor —comenzó Sebastián, pasándose las manos por el rostro—. Cuando el barco de mi abuelo naufragó, mi madre asumió el control de todo. Nos hizo creer que apenas quedaba capital para mantener la empresa a flote. Pero ayer, tras el embargo de las cuentas, los auditores del Estado encontraron una firma electrónica activa a su nombre. Realizada hace apenas setenta y dos horas.

—Tu madre sabía que Eugenio estaba vivo, ¿verdad? —preguntó Valeria, clavándole la mirada.

—No lo sé, te lo juro por la vida de Mateo —respondió él, al borde de las lágrimas—. Ella está aterrorizada en el calabozo. Me juró por lo más sagrado que todo lo que hizo... los informes falsos, la clínica de Saltillo, la firma forzada en el hospital... era para conseguir la custodia del niño antes de que «ellos» vinieran a por el dinero.

—¿«Ellos»? —Valeria arqueó una ceja—. Habla claro, Sebastián.

—Hay una segunda voluntad en el testamento —explicó Sebastián, sacando un sobre arrugado del bolsillo interior de su chaqueta—. Mi abuelo no construyó su imperio solo con bienes raíces. Utilizó la red del fideicomiso para blanquear capitales de inversiones opacas en Europa y América Latina. Si el primogénito de la tercera generación no reclamaba el fideicomiso al cumplir un mes de vida, la totalidad de los activos pasaba automáticamente a una fundación pantalla radicada en Vaduz.

Valeria ató cabos en milésimas de segundo. Su cerebro de perita contable encajó las piezas del rompecabezas.

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—Rebeca no quería el dinero para ella... quería arrebatarle el control a Eugenio antes de que la fundación de Liechtenstein vaciara las cuentas. Pero para hacerlo, necesitaba inhabilitarme a mí y quedarse con la tutela legal de Mateo.

—Mi madre es una desalmada, Valeria, no voy a defenderla —dijo Sebastián con amargura—. Pero esto nos supera. Si mi abuelo sigue vivo y ha vuelto, no se detendrá ante nada ni ante nadie. Para él, Mateo no es un nieto. Es una firma en un cheque de tres mil millones.

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