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El esposo de Valeria levantó / Chapter 28 / 30

Chapter 28 - El café de las sombras ginebrinas

El café L'Ami Caliste era uno de esos establecimientos tradicionales de la Vieille Ville ginebrina donde el tiempo parecía haberse detenido a principios del siglo pasado. Las paredes de piedra vista, oscurecidas por décadas de humo de tabaco y vapor de café, estaban cubiertas de grabados antiguos enmarcados en madera de nogal. A esa hora, pasadas las ocho de la tarde, el local estaba prácticamente vacío, salvo por un par de clientes silenciosos que leían periódicos locales bajo la luz ámbar de las lámparas de mesa con pantallas de tela verde.

Valeria y Sebastián abrieron la puerta de madera batiente, sacudiéndose los copos de aguanieve que se les habían pegado en los abrigos. Sebastián llevaba el cuello del abrigo subido y la mirada alerta, escaneando cada rincón del local como un animal acorralado.

—Allí —susurró Valeria, indicando con la barbilla hacia una mesa apartada en el fondo del local, junto a una ventana empañada que daba a la calle empedrada.

Sentado en el rincón había un hombre de mediana edad, con el pelo completamente canoso cortado al rape, una gabardina impermeable de color camel sobre los hombros y un periódico desplegado frente a él. No estaba leyendo; sostenía una taza de espresso humeante entre las manos y observaba la puerta con una paciencia pétrea.

Se acercaron a la mesa sin hacer ruido. El hombre levantó la vista, los examinó brevemente con unos ojos pequeños y agudos como cuentas de cristal negro, y señaló con la mano abierta los dos asientos libres frente a él.

—Sentaos —dijo el hombre en un castellano neutro, desprovisto de cualquier acento identificable—. El tiempo en Ginebra es poco recomendable para pasear sin rumbo fijo, especialmente cuando se lleva tanto dinero en efectivo en los bolsillos invisibles de la fundación.

Valeria se sentó con elegancia, cruzando las piernas, mientras Sebastián tomaba asiento a su lado, con los codos apoyados sobre la formica oscura de la mesa.

—Supongo que tú eres el emisario del que hablaba la nota —dijo Valeria, sin rodeos—. Entréganos los códigos de acceso y terminemos con esto. No tenemos ganas de jugar a los espías de gabardina en una noche tan fría.

El hombre esbozó una sonrisa cortante, sin alegría, y sacó del bolsillo interior de su gabardina una pequeña unidad de memoria USB de color negro, de aspecto militar, blindada contra campos magnéticos. La deslizó suavemente sobre la mesa hasta dejarla justo frente a las manos de Valeria.

—Los códigos del servidor central de la Fundación Fénix están cifrados con un algoritmo de triple capa —explicó el emisario en voz baja, inclinándose hacia delante para que sus palabras apenas rebotaran contra las paredes de piedra—. Con este dispositivo podréis autorizar transferencias, comprar activos inmobiliarios en cualquier jurisdicción del mundo y liquidar los saldos pendientes con los acreedores menores que todavía reclaman su parte del botín en España.

Sebastián alargó la mano para coger el pendrive, pero el hombre colocó dos dedos firmemente sobre el pequeño dispositivo metálico, deteniéndole el movimiento con un gesto autoritario.

—Antes de llevártelo, muchacho, hay una última condición que debéis conocer —dijo el emisario, mirando fijamente a los ojos de Valeria—. El patriarca, el señor Eugenio Alcázar, ha fallecido hace exactamente cuarenta y cinco minutos en su residencia de los pre-alpes.

Valeria sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. A pesar de todo el dolor, la manipulación y la tiranía que el anciano había ejercido sobre sus vidas, la noticia cayó sobre la mesa como un mazazo inesperado.

—¿Ha muerto...? —murmuró Sebastián con incredulidad—. Pero si esta mañana estaba sentado en su silla de ruedas tomándose un café con nosotros...

—Un infarto masivo, provocado por una insuficiencia cardíaca aguda derivada de su avanzada edad y de la tensión acumulada durante las últimas semanas de transición patrimonial —recitó el emisario con la fría precisión de un forense oficial—. Los médicos particulares certificarán el deceso de manera natural en la clínica privada de Zúrich a donde fue trasladado en helicóptero hace dos horas. El funeral de Estado privado se celebrará en la cripta familiar de Ginebra dentro de tres días. Y vosotros, como únicos herederos universales de su legado testamentario y fiduciario, debéis estar allí en primera fila para recibir el testigo definitivo del imperio.

El café L'Ami Caliste era uno de esos establecimientos tradicionales de la Vieille Ville ginebrina donde el tiempo parecía haberse detenido a principios del siglo pasado. Las paredes de piedra vista, oscurecidas por décadas de humo de tabaco y vapor de café, estaban cubiertas de grabados antiguos enmarcados en madera de nogal. A esa hora, pasadas las ocho de la tarde, el local estaba prácticamente vacío, salvo por un par de clientes silenciosos que leían periódicos locales bajo la luz ámbar de las lámparas de mesa con pantallas de tela verde.

Valeria y Sebastián abrieron la puerta de madera batiente, sacudiéndose los copos de aguanieve que se les habían pegado en los abrigos. Sebastián llevaba el cuello del abrigo subido y la mirada alerta, escaneando cada rincón del local como un animal acorralado.

—Allí —susurró Valeria, indicando con la barbilla hacia una mesa apartada en el fondo del local, junto a una ventana empañada que daba a la calle empedrada.

Sentado en el rincón había un hombre de mediana edad, con el pelo completamente canoso cortado al rape, una gabardina impermeable de color camel sobre los hombros y un periódico desplegado frente a él. No estaba leyendo; sostenía una taza de espresso humeante entre las manos y observaba la puerta con una paciencia pétrea.

Se acercaron a la mesa sin hacer ruido. El hombre levantó la vista, los examinó brevemente con unos ojos pequeños y agudos como cuentas de cristal negro, y señaló con la mano abierta los dos asientos libres frente a él.

—Sentaos —dijo el hombre en un castellano neutro, desprovisto de cualquier acento identificable—. El tiempo en Ginebra es poco recomendable para pasear sin rumbo fijo, especialmente cuando se lleva tanto dinero en efectivo en los bolsillos invisibles de la fundación.

Valeria se sentó con elegancia, cruzando las piernas, mientras Sebastián tomaba asiento a su lado, con los codos apoyados sobre la formica oscura de la mesa.

—Supongo que tú eres el emisario del que hablaba la nota —dijo Valeria, sin rodeos—. Entréganos los códigos de acceso y terminemos con esto. No tenemos ganas de jugar a los espías de gabardina en una noche tan fría.

El hombre esbozó una sonrisa cortante, sin alegría, y sacó del bolsillo interior de su gabardina una pequeña unidad de memoria USB de color negro, de aspecto militar, blindada contra campos magnéticos. La deslizó suavemente sobre la mesa hasta dejarla justo frente a las manos de Valeria.

—Los códigos del servidor central de la Fundación Fénix están cifrados con un algoritmo de triple capa —explicó el emisario en voz baja, inclinándose hacia delante para que sus palabras apenas rebotaran contra las paredes de piedra—. Con este dispositivo podréis autorizar transferencias, comprar activos inmobiliarios en cualquier jurisdicción del mundo y liquidar los saldos pendientes con los acreedores menores que todavía reclaman su parte del botín en España.

Sebastián alargó la mano para coger el pendrive, pero el hombre colocó dos dedos firmemente sobre el pequeño dispositivo metálico, deteniéndole el movimiento con un gesto autoritario.

—Antes de llevártelo, muchacho, hay una última condición que debéis conocer —dijo el emisario, mirando fijamente a los ojos de Valeria—. El patriarca, el señor Eugenio Alcázar, ha fallecido hace exactamente cuarenta y cinco minutos en su residencia de los pre-alpes.

Valeria sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. A pesar de todo el dolor, la manipulación y la tiranía que el anciano había ejercido sobre sus vidas, la noticia cayó sobre la mesa como un mazazo inesperado.

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—¿Ha muerto...? —murmuró Sebastián con incredulidad—. Pero si esta mañana estaba sentado en su silla de ruedas tomándose un café con nosotros...

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