Capítulo 20: El abismo de la libertad


El caos se apoderó del salón de actos. Los periodistas gritaban preguntas al unísono mientras los destellos de las cámaras iluminaban el rostro desencajado de Rodrigo Alcázar. Dos agentes de la Interpol subieron al estrado y le colocaron las esposas antes de que pudiera abandonar el escenario.
Valeria bajó los escalones con paso tranquilo, ajena al tumulto que se desarrollaba a sus espaldas. Se reunió con Sebastián en el vestíbulo del hotel, donde el silencio del mármol contrastaba con la locura del salón de prensa.
—Lo has hecho —dijo Sebastián, contemplándola con una mezcla de admiración y temor—. Has destruido todo el patrimonio de la familia en diez minutos.
—He liberado a Mateo del peso de esa maldición —corrigió Valeria, besando la mejilla de su hijo, que dormía ajeno a que acababa de perder tres mil ochocientos millones de euros.
Salieron a la terraza del hotel, donde la brisa del Mediterráneo les golpeó el rostro. La policía se llevaba a Rodrigo en un furgón blindado mientras los medios internacionales comenzaban a emitir la noticia en directo.
De pronto, un camarero del hotel se acercó a Valeria trayendo una bandeja de plata. Sobre ella había un sobre de papel artesanal sellado con cera roja, sin destinatario ni remitente.
—Señora San Juan —dijo el empleado con una reverencia—, un caballero de avanzada edad me ha pedido que le entregue esto personalmente antes de marcharse hacia el puerto deportivo.
Valeria frunció el ceño.
—¿Un caballero de avanzada edad? Eugenio murió esta madrugada en la finca...
Con manos temblorosas, Valeria rompió el sello de cera y desdobló la tarjeta que había en su interior. La caligrafía en tinta azul era inconfundible.
«Excelente jugada, mi querida Valeria. Entregar los activos a las autoridades era la única forma de limpiar el dinero de las cuentas secundarias sin dejar rastro para los verdaderos acreedores. Has ejecutado la fase tres de mi plan a la perfección. Nos vemos pronto en Ginebra.»
Valeria se quedó petrificada.
Miró hacia el puerto deportivo de Marbella, donde un lujoso yate blanco soltaba amarres y se adentraba lentamente en las aguas profundas del Mediterráneo. Al mismo tiempo, en el teléfono móvil de Sebastián saltó una notificación de llamada entrante desde un número oculto.
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Valeria y Sebastián se miraron a los ojos en medio del silencio helado de la terraza. El cadáver que habían velado esa madrugada no era el de Eugenio Alcázar... o el anciano de la silla de ruedas no era más que otro señuelo en una partida de ajedrez que jamás tendría fin.
Valeria apretó a Mateo contra su pecho, dio un paso hacia la barandilla de la terraza y observó la embarcación perderse en la línea del horizonte.