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Chapter 3 - El Ojo Que Todo Lo Ve

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Alejandro se giró bruscamente desde el suelo, todavía sosteniendo a su hija en brazos, completamente desconcertado por el atrevimiento de la niñera. La furia en su interior comenzó a mezclarse con una profunda confusión. ¿Por qué Lucía le gritaba de esa manera a Valeria?

—¿Qué estás diciendo, Lucía? ¿Te has vuelto loca? —preguntó Alejandro, levantándose lentamente, sin soltar la mano de Sofía, quien se escondía detrás de su pierna.

Lucía respiraba agitadamente, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético. Su dedo apuntaba temblorosamente a Valeria, quien la miraba con una mezcla de indignación y asco.

—Yo vi el plato cuando lo trajeron desde la cocina. Olía raro, señor. Olía a un químico fuerte, como a almendras amargas y lavandina. Sofía ya tenía la cuchara en la mano, ya iba a comer… yo me desesperé. Se lo quité de las manos de un golpe y por eso cayó al suelo. ¡No la empujé a ella, solo tiré el plato para salvarla! —explicó Lucía, escupiendo las palabras tan rápido como podía, temiendo que no la dejaran terminar.

Valeria soltó una risa breve, aguda y venenosa. Se cruzó de brazos, luciendo como la dueña absoluta de la situación.

—Qué casualidad, ¿no te parece, Alejandro? —dijo Valeria, mirándolo con fingida lástima—. La niña está llorando en el suelo, la comida carísima está tirada manchando la alfombra, y ahora resulta que esta chiquilla inventa una historia ridícula de comida envenenada para salvarse de un despido seguro. Es patético. Échala ahora mismo.

Alejandro apretó la mandíbula, sintiendo que la cabeza le daba vueltas. Miró a Valeria, tan segura y elegante, y luego a Lucía, desaliñada, llorando, pero con una convicción férrea en la mirada.

Lucía tragó saliva, reuniendo todo el valor que le quedaba, y señaló con una mano temblorosa hacia la esquina superior del marco de la puerta de la cocina, oculta entre unas molduras de madera.

—Revise la cámara, señor… revise las grabaciones y verá quién puso algo en su plato hace diez minutos.

El silencio que cayó sobre la sala fue inmediato y asfixiante. Era como si alguien hubiera absorbido todo el oxígeno de la habitación.

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Todos los presentes, incluido el personal de limpieza que espiaba desde el fondo, siguieron la dirección del dedo de la niñera. Allí, casi invisible en la penumbra del pasillo, una pequeña cámara de seguridad inalámbrica mostraba una diminuta, pero intermitente, luz roja encendida. Estaba grabando.

Por primera vez desde que Alejandro la conocía, el rostro de Valeria perdió absolutamente todo su color, transformándose en una máscara de cera pálida.

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