Chapter 2 - La Sombra de la Duda

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El eco del grito de Alejandro rebotó en las altas paredes del comedor, sumiendo la habitación en una tensión insoportable. Sofía levantó la mano manchada de comida entre sollozos, sus pequeños hombros subiendo y bajando de manera errática por la falta de aire, y señaló directamente a Lucía, que seguía paralizada por el pánico.
—Ella… ella tiró mi comida… —balbuceó la niña, con la voz quebrada por el susto y la confusión.
Aquello fue suficiente para desatar la tormenta. Alejandro caminó directo hacia Lucía con una furia irracional, una furia ciega que hizo retroceder incluso al personal de servicio que ya comenzaba a asomarse tímidamente desde el marco de la cocina. Durante meses, él había confiado en esa joven universitaria. Le había pagado bien, la había tratado con respeto, y sobre todo, la había dejado cuidar lo más importante de su vida. Y ahora su pequeña estaba tirada en el suelo, llorando aterrorizada.
—Nadie vuelve a tocar a mi hija —dijo entre dientes, acorralando a la joven niñera contra la pared del comedor.
Lucía alzó ambas manos de inmediato, en un gesto de rendición y desesperación. Las lágrimas finalmente se desbordaron por sus mejillas pecosas.
—Señor, se lo juro, yo no la lastimé… por favor, escúcheme, tiene que escucharme… —suplicó la chica con voz temblorosa.
Pero él ya le había dado la espalda y estaba arrodillado junto a Sofía, revisándole los brazos, el rostro, el cabello, buscando cualquier marca, cualquier moretón. La niña temblaba de miedo.
—¿Te hizo daño, mi amor? ¿Te empujó? —le preguntaba Alejandro, ignorando por completo las súplicas de la niñera.
Sofía lloró más fuerte, demasiado alterada para articular una frase coherente. Solo seguía señalando la comida esparcida entre los cristales rotos.
En ese preciso instante, apareció Valeria en la puerta del comedor. Llevaba un conjunto blanco impecable de diseñador, joyas doradas brillando en su cuello y muñecas, y una expresión perfectamente ensayada de preocupación y horror en su rostro maquillado.
—Dios mío… ¿qué pasó aquí? Alejandro, ¿qué le han hecho a la niña? —preguntó, llevándose una mano al pecho en un gesto teatral.
Lucía giró la cabeza hacia Valeria de inmediato. Y en ese segundo, sus ojos cambiaron por completo. Ya no eran solo los ojos de una chica asustada por perder su empleo. Eran los ojos de alguien que acababa de ver al mismísimo diablo.
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Eran de terror absoluto.
—¡No deje que la toque! —soltó Lucía, casi en un grito desgarrador, señalando a la prometida de su jefe.