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Chapter 14 - El Valor de Lucía

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El segundo día del juicio fue el turno de Lucía. Cuando escuchó su nombre, sintió un vacío en el estómago. Alejandro le dio un apretón reconfortante en la mano antes de que ella se levantara y caminara hacia el estrado de los testigos. Juró decir la verdad con voz temblorosa, pero una vez que se sentó, su postura se enderezó.

El fiscal la guio suavemente a través de su testimonio, permitiéndole explicar cómo había llegado a la casa, el cariño que sentía por Sofía y los detalles exactos del día del incidente. Lucía describió vívidamente el extraño olor que percibió y el instinto visceral que la llevó a arrebatarle el plato a la niña. Su testimonio fue emotivo y genuino, logrando que varios miembros del jurado la miraran con evidente simpatía.

Entonces llegó el contrainterrogatorio. El abogado de la defensa se acercó como un depredador.

—Señorita Lucía, usted proviene de un barrio humilde, ¿verdad? Y tiene una considerable deuda por sus estudios universitarios —comenzó el abogado, intentando pintar un panorama de desesperación económica.

—Sí, así es. Trabajo duro para pagarla —respondió Lucía, manteniendo la calma.

—¿Y no le parecía conveniente convertirse en la salvadora de la hija del multimillonario? ¡Qué oportuno! ¿No es verdad que usted consiguió ese veneno, lo vertió en el plato para asustar a su jefe y luego fingió el rescate para asegurar su futuro financiero? —acusó el abogado, alzando la voz.

La sala estalló en murmullos indignados. Alejandro se tensó en su asiento, a punto de levantarse, pero su abogado lo detuvo.

Lucía no lloró ni se acobardó. Miró al abogado defensor directamente a los ojos.

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—Señor, yo trabajo para pagar mis deudas, no mato por ellas —dijo Lucía con una firmeza que resonó en cada rincón del tribunal—. Si yo hubiera planeado todo eso, jamás le habría exigido a Alejandro que revisara las cámaras de seguridad que grabaron a su clienta cometiendo el delito. Yo no sabía que esa cámara estaba encendida, solo sabía que debía haber una prueba. Arriesgué mi trabajo para proteger a esa niña. ¿Qué arriesgó su clienta, además de su manicura?

El golpe fue certero y devastador. Incluso el juez tuvo que ocultar una pequeña sonrisa antes de pedir orden en la sala. La defensa no tenía forma de rebatir la lógica impecable de la niñera. Lucía había ganado la batalla moral.

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