Chapter 19 - Un Sentimiento Nuevo

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La última noche en la cabaña, una suave tormenta de lluvia comenzó a caer, golpeando rítmicamente contra el techo de madera. Sofía se había quedado dormida temprano en el sofá grande frente a la chimenea encendida, agotada por un largo día de juegos en el bosque.
Alejandro preparó dos tazas de chocolate caliente y caminó hacia el sofá, entregándole una a Lucía, que estaba sentada en el suelo sobre una gruesa alfombra de lana, leyendo un libro a la luz del fuego. Ella lo aceptó con una sonrisa agradecida, envolviendo sus manos alrededor de la taza para calentarse.
Alejandro se sentó a su lado en el suelo, estirando las piernas hacia el fuego. Durante largos minutos, solo compartieron el sonido de la lluvia y el crujir de los leños ardiendo. Era un silencio cómodo, un silencio que hablaba de una intimidad ganada a pulso.
—No quiero volver a la ciudad mañana —confesó Alejandro en voz baja, mirando las llamas—. Aquí todo es tan simple. Allá nos esperan las rutinas, la gente, el ruido.
Lucía miró a Sofía dormir plácidamente y suspiró.
—La ciudad no tiene nada de malo si estamos juntos para enfrentarla, Alejandro. Hemos superado lo peor. Ahora solo queda vivir —dijo Lucía, sus ojos reflejando el parpadeo del fuego, dándole un aspecto sereno y hermoso.
Alejandro la miró fijamente. Se dio cuenta de la fuerza increíble que residía en esa joven mujer. Ella había arriesgado todo por su hija, había enfrentado a un sistema legal hostil, y ahora, con su simple presencia, estaba curando su corazón roto.
Lentamente, guiado por un impulso que ya no podía ni quería reprimir, Alejandro extendió la mano y apartó un mechón de cabello rebelde del rostro de Lucía. Ella se quedó inmóvil, pero no se apartó. Sus miradas se encontraron, cargadas de todas las palabras que no se habían atrevido a decir en los últimos meses.
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—Me has devuelto la vida, Lucía. Y no hablo solo de haber salvado a Sofía. Me salvaste a mí de la oscuridad —susurró Alejandro, acercándose un poco más.
Lucía bajó la mirada, con el corazón latiendo desbocado, y sonrió tímidamente antes de entrelazar sus dedos con los de él. En ese sencillo gesto, aceptó el nuevo camino que se abría ante ellos, dejando atrás el pasado para siempre.