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Chapter 8 - El Precio de la Ambición

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La oficina de Ignacio Montalbán olía a cuero viejo y tabaco rubio. Adrián estaba sentado frente a él, sus manos entrelazadas sobre las rodillas, intentando mantener la compostura. Habían pasado dos semanas desde la suspensión de la fusión y el ambiente en Vértice era denso, casi irrespirable.

—La auditoría está avanzando rápido —dijo Montalbán, encendiendo un cigarrillo—. Han encontrado los correos donde ordenas modificar las proyecciones.

Adrián tragó saliva.

—Eran estimaciones, Ignacio. Tú mismo me dijiste que necesitábamos presentar una imagen sólida.

Montalbán exhaló el humo lentamente.

—Yo te dije que presentaras una operación viable. No te pedí que mintieras al consejo ni que ocultaras información técnica.

—No mentí. Solo... simplifiqué los datos.

—Simplificaste los datos y ocultaste gastos personales. La suite en Marbella, los vuelos en primera clase... Todo eso está saliendo a la luz.

Adrián sintió un sudor frío recorrer su espalda.

—Los gastos fueron aprobados por el departamento financiero.

—Aprobados bajo presión. El director financiero ya ha declarado que lo obligaste a firmar.

Montalbán se inclinó hacia adelante, su mirada afilada.

—Estás solo, Adrián. El consejo no te apoyará. Yo no te apoyaré. Has convertido esta operación en un circo y has puesto en riesgo la reputación de Vértice.

—Ignacio, tú fuiste quien me animó a acercarme a Claudia. Tú aprobaste esa fotografía.

—Aprobé una fotografía, no un escándalo mediático. Claudia ya ha emitido un comunicado desvinculándose de ti. No esperes que te salve.

Adrián se levantó, sintiendo que la furia lo invadía.

—Me estáis utilizando como chivo expiatorio. Todos sabíais cómo se estaba gestionando la operación.

—Pero tú eras el responsable. Y tú fuiste quien firmó los correos.

Montalbán apagó el cigarrillo.

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—El comité de auditoría emitirá su informe la próxima semana. Te aconsejo que prepares tu dimisión. Será menos humillante que un despido disciplinario.

Adrián salió de la oficina de Montalbán sintiendo que el suelo se hundía bajo sus pies. Había jugado todas sus cartas y había perdido. La ambición que lo había impulsado durante años se había convertido en su propia trampa. Y no había nadie a quien culpar, excepto a sí mismo.

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