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Chapter 4 - La silla reservada

El lunes, a las nueve de la mañana, la planta treinta y uno de la sede de Grupo Vértice estaba cerrada al personal no autorizado.

La sesión extraordinaria del consejo comenzaría a las diez. A las once y media estaba prevista una comparecencia ante inversores y prensa para confirmar la fusión con Noray y anunciar la nueva estructura ejecutiva.

Adrián llegó temprano.

Había dormido poco, pero vestía un traje gris antracita, camisa blanca y una corbata azul que Sofía le había regalado por su último ascenso.

La eligió por superstición.

En el vestíbulo encontró a Ignacio Montalbán hablando con dos consejeros.

—¿Se sabe quién representa a Orbe? —preguntó Adrián.

Montalbán bajó la voz.

—Una mujer de la familia Alcázar.

—¿Qué mujer?

—No lo sé. Orbe ha sido siempre muy discreto.

—¿Podemos convencerla?

—Todo el mundo puede ser convencido.

Adrián miró el reloj.

—¿Y mi nombramiento?

—Si la operación sale adelante, lo defenderé.

—Necesito algo más que eso.

Montalbán sonrió con cansancio.

—Necesitas que dejen de hablar de tu esposa.

—Eso se resolverá.

—Más te vale. Algunos consejeros consideran que el vídeo demuestra falta de criterio.

—Mi vida privada no afecta a la empresa.

—Negar públicamente a una mujer embarazada mientras utilizas a mi hija como accesorio sí afecta a la empresa, porque revela qué haces cuando crees que nadie puede exigirte responsabilidades.

Adrián endureció la expresión.

—Tú aprobaste la fotografía.

—Aprobé una entrada conjunta. No sabía que habías dejado a tu mujer en la calle.

Antes de que Adrián contestara, el secretario del consejo abrió las puertas.

La sala era larga, revestida de madera clara y con vistas sobre el norte de Madrid. En cada puesto había una carpeta, una tableta y una botella de agua. Al fondo, una pantalla mostraba el orden del día.

Adrián ocupó una silla lateral reservada para los ejecutivos invitados.

Había un asiento vacío a la derecha del presidente.

Sobre la mesa, una placa decía:

REPRESENTANTE DE ORBE PATRIMONIAL.

A las diez en punto, Ernesto Llorente inició la sesión.

—Antes de comenzar, informo al consejo de que la delegación histórica de voto de Orbe ha sido revocada. Su representante ejercerá directamente los derechos políticos correspondientes.

Adrián miró hacia la puerta.

Se oyó un leve movimiento en el exterior.

La puerta se abrió.

Primero entró Lucía Herranz con una carpeta de cuero. Después apareció Sofía.

Llevaba un vestido verde oscuro de corte sencillo, una chaqueta negra y el cabello recogido. No había tratado de ocultar el embarazo. Tampoco de convertirlo en una declaración. Avanzó con una serenidad que obligó a la sala entera a guardar silencio.

Adrián dejó de respirar.

Sofía saludó al presidente.

—Buenos días.

Ernesto Llorente se puso en pie.

Los demás consejeros lo imitaron.

—Señora Sofía Alcázar —dijo—, gracias por acompañarnos.

La placa parecía arder sobre la mesa.

Adrián miró a Montalbán.

El consejero no apartaba los ojos de Sofía.

Ella tomó asiento sin dirigir una sola mirada a su marido.

—Podemos empezar —dijo.

El secretario resumió la estructura accionarial. Orbe controlaba el treinta y dos por ciento del capital y, mediante acuerdos estables con otros dos fondos, reunía derechos suficientes para decidir la operación.

Adrián sintió un zumbido en los oídos.

Recordó el apartamento vendido para pagar sus estudios, los contactos que aparecían en el momento exacto, las reuniones a las que accedía después de que Sofía hiciera una llamada aparentemente trivial. Recordó una cena, años atrás, en la que un veterano banquero había saludado a Sofía con una deferencia que él atribuyó a la educación.

Todo había estado delante de él.

No lo había visto porque nunca había considerado que la vida de Sofía pudiera ser tan importante como la suya.

El director financiero presentó las nuevas proyecciones. Las cifras corregidas mostraban un endeudamiento mayor y un plazo de integración casi el doble del anunciado en la gala.

Sofía escuchó sin interrumpir.

Cuando llegó el turno de Adrián, el presidente lo invitó a explicar las diferencias.

Él se puso en pie.

—Las cifras utilizadas en la presentación eran estimaciones preliminares.

Sofía abrió la carpeta.

—El documento enviado a inversores las definía como proyecciones validadas.

Era la primera vez que le hablaba.

Su tono no contenía rabia.

Eso lo desarmó más que un grito.

—En términos de mercado, la diferencia es mínima —respondió Adrián.

—En términos jurídicos, no lo es.

Uno de los consejeros intervino.

—¿Quién autorizó esa redacción?

Adrián miró al director financiero.

—Fue una decisión compartida.

El director negó.

—Mi equipo entregó una nota indicando que las cifras estaban sujetas a revisión. Esa nota no aparece en la versión final.

El secretario proyectó en la pantalla la cadena de correos. El último mensaje había sido enviado por Adrián.

Eliminad las advertencias técnicas. Debemos transmitir certeza.

Nadie habló durante varios segundos.

Sofía pasó a la siguiente página.

—También existen gastos vinculados a la operación que no cuentan con justificación suficiente.

Adrián apretó las manos.

—Todos fueron profesionales.

—No he dicho lo contrario. He dicho que no están justificados.

Lucía distribuyó una relación de facturas.

—Dos viajes fueron aprobados después de su realización. En uno de ellos se cargó una suite adicional a nombre de la señora Montalbán, que no formaba parte del equipo negociador.

Ignacio Montalbán se volvió hacia Adrián.

—Me dijiste que Claudia había pagado sus gastos.

—Pensaba regularizarlo.

—Han pasado cuatro meses.

Adrián miró a Sofía.

—Esto es una represalia.

Por fin, ella sostuvo su mirada.

—No.

—No puedes fingir que todo esto no tiene relación con lo ocurrido en la gala.

—Tiene relación porque tus decisiones privadas y profesionales siguen el mismo patrón.

Adrián se levantó.

—¿Qué patrón?

—Crees que puedes borrar cualquier dato que perjudique la imagen que quieres vender.

El presidente golpeó suavemente la mesa con los dedos.

—Señor Valcárcel, siéntese.

—Mi esposa está utilizando su posición para destruirme.

Sofía no elevó la voz.

—Tu esposa pidió que dijeras la verdad. La representante de Orbe exige lo mismo.

La distinción recorrió la sala como una corriente.

Adrián permaneció de pie unos segundos. Después se sentó.

La reunión continuó durante casi dos horas.

Se acordó suspender la votación de la fusión hasta completar una revisión independiente. El comité de auditoría investigaría la comunicación de las proyecciones y los gastos. El nombramiento de la nueva presidencia ejecutiva quedaba retirado del orden del día.

Cada decisión era razonable.

Cada una estaba documentada.

Cada una destruía una parte del futuro que Adrián había dado por seguro.

A las doce y veinte, Ernesto Llorente anunció un receso antes de comparecer ante la prensa.

Adrián salió tras Sofía.

La alcanzó en un pasillo privado.

—Tenemos que hablar.

Lucía se detuvo, pero Sofía le indicó que continuara.

—Cinco minutos —dijo Sofía.

Entraron en una sala pequeña con una mesa redonda. Adrián cerró la puerta.

—¿Desde cuándo?

—Desde que nací, si preguntas por mi apellido. Desde hace seis años, si preguntas por mi puesto en Orbe.

—Me mentiste.

—Protegí una parte de mi vida.

—Me dejaste creer que no eras nadie en este mundo.

Sofía lo miró con una tristeza limpia.

—Nunca pensé que ser tu mujer significara no ser nadie.

Adrián apartó la mirada.

—Podrías haberme ayudado.

—Lo hice.

—No así.

—¿Cómo, entonces? ¿Colocándote directamente en un consejo? ¿Comprándote un cargo? ¿Convirtiendo nuestro matrimonio en la alianza conveniente que fingiste tener con Claudia?

—No entiendes.

Sofía se llevó una mano al vientre cuando la niña se movió.

—Lo entiendo todo. Te pagué el programa ejecutivo. Presenté tu primer plan estratégico a dos personas que después te recomendaron para Vértice. Revisé los informes que te dieron visibilidad. Convencí a mi padre de no oponerse a tu nombramiento como director porque creía que lo merecías.

Adrián palideció.

—¿Tú hiciste eso?

—Sí.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Al principio, porque quería ayudarte sin herir tu orgullo. Después, porque comprendí que tu orgullo no tenía fondo.

Él se acercó.

—Podemos arreglarlo.

—No.

—Sofía, vamos a tener una hija.

—Precisamente por eso no voy a enseñarle que amar significa aceptar que te oculten.

—Cometí un error.

—No fue un minuto. Fue una decisión preparada. Me pediste que entrara por otra puerta. Posaste con Claudia. Mentiste a los periodistas. Después me pediste que mintiera para salvarte.

Adrián abrió la boca, pero no encontró respuesta.

Sofía sacó de la carpeta un sobre blanco y lo dejó sobre la mesa.

—Es la notificación de la demanda de divorcio.

—No puedes hacerme esto hoy.

—No elegí el día. Lo elegiste tú cuando decidiste que tu carrera necesitaba una esposa invisible.

Sofía abrió la puerta.

Antes de salir, Adrián dijo:

—¿Vas a votar contra la fusión solo para castigarme?

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Ella se volvió.

—Votaré según los intereses de la compañía. Esa es la diferencia entre el poder y la venganza.

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