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Chapter 13 - El Nacimiento

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La primavera llegó a Madrid con una explosión de color y luz. Sofía dio a luz a Elena en una mañana soleada de abril. El parto fue largo y agotador, pero cuando finalmente sostuvo a su hija en brazos, todo el dolor y la incertidumbre de los últimos meses se desvanecieron.

Elena era pequeña y frágil, con los ojos oscuros de su padre y la serenidad de su madre. Sofía la miró con una mezcla de amor incondicional y miedo abrumador. Era responsable de esta pequeña vida, de su futuro, de su felicidad.

Tomás llegó al hospital horas más tarde, con un enorme ramo de flores y una sonrisa radiante.

—Es preciosa, Sofía —dijo, acariciando la mejilla de su nieta—. Tiene tu nariz.

—Y la barbilla de Adrián —añadió Sofía, con una punzada de melancolía.

Tomás la miró con comprensión.

—¿Le has avisado?

—Lucía le envió un mensaje.

El silencio se instaló en la habitación, solo interrumpido por la respiración suave de Elena.

Esa misma tarde, Adrián llegó al hospital. Vestía ropa informal, un vaquero y una camisa de cuadros, y parecía cansado y nervioso. Se quedó en la puerta, sin atreverse a entrar.

Sofía lo miró desde la cama.

—Puedes acercarte.

Adrián se acercó lentamente, sus ojos fijos en la pequeña niña que dormía en los brazos de Sofía.

—Es... es hermosa.

—Se llama Elena.

Adrián asintió, las lágrimas asomando a sus ojos.

—¿Puedo sostenerla?

Sofía dudó por un instante, pero finalmente asintió. Adrián tomó a su hija con cuidado, como si fuera de cristal. La miró con una expresión de amor y arrepentimiento que Sofía nunca le había visto antes.

—Hola, Elena —susurró Adrián, su voz quebrada—. Soy tu papá.

Lloró en silencio, las lágrimas resbalando por sus mejillas y cayendo sobre la manta de la niña. Sofía lo observó, sintiendo una mezcla de compasión y tristeza. Había amado a ese hombre, había creído en él, había soñado con un futuro juntos. Y ahora, solo quedaba esto. Un padre que lloraba por la hija que apenas conocería.

—Gracias por dejarme verla, Sofía —dijo Adrián, devolviéndole a la niña.

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—Es su derecho. Pero no olvides lo que te dije. Serás su padre, pero no volverás a ser mi marido.

Adrián asintió, aceptando la realidad. Había perdido a Sofía, pero al menos tenía a Elena. Y esa era la única luz en su oscuro futuro.

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