Chapter 3 - El apellido que nunca preguntó

Sofía pasó los dos días siguientes en las oficinas de Orbe Patrimonial, situadas en un edificio sin rótulo cerca de la plaza de Colón.
No era la primera vez que entraba allí.
Era la primera vez que lo hacía como representante visible.
Durante años había participado en los comités de inversión por videoconferencia, había revisado operaciones bajo su segundo apellido y había firmado informes técnicos que llegaban a las empresas participadas a través de abogados. Había estudiado Economía y Derecho, trabajado en Londres durante cuatro años y regresado a Madrid cuando la salud de su madre empeoró.
Adrián sabía que había vivido en Londres.
Nunca le preguntó qué había hecho allí.
Cuando se conocieron, Sofía evitaba hablar de su trayectoria porque temía que él se sintiera intimidado. Más tarde dejó de hacerlo porque cada conversación terminaba girando hacia los logros de Adrián.
La mañana del jueves, Sofía presidió una reunión con el equipo jurídico y financiero.
Sobre la mesa había tres carpetas: la fusión con Noray, los gastos de representación de Adrián y el expediente de su posible nombramiento como presidente ejecutivo adjunto.
—La operación es viable —explicó Lucía Herranz, directora jurídica de Orbe—, pero las garantías propuestas protegen de forma insuficiente al accionista. El riesgo de deuda es superior al presentado en la gala.
—¿Error o manipulación? —preguntó Sofía.
—Todavía no podemos afirmarlo.
—No quiero afirmaciones sin pruebas.
Lucía asintió.
—Hay algo más. El comité de nombramientos recibió recomendaciones informales para acelerar el ascenso del señor Valcárcel antes de la votación.
—¿De quién?
—Ignacio Montalbán.
Sofía hojeó los documentos.
—¿A cambio de qué?
—No aparece por escrito. Pero el señor Montalbán ha aumentado su exposición en derivados vinculados a la subida de Vértice tras la fusión.
Tomás, sentado al fondo, intervino por primera vez.
—Si el nombramiento se anunciaba antes de cerrar la operación, el mercado lo interpretaría como una señal de continuidad. Montalbán ganaría dinero y Adrián obtendría el cargo.
Sofía cerró la carpeta.
—Investigad los hechos. No las sospechas.
Al terminar, su padre se quedó en la sala.
—Podrías bloquear la fusión esta misma tarde.
—No todavía.
—¿Por qué?
—Porque no quiero utilizar el consejo para resolver mi matrimonio.
Tomás la miró con aprobación.
—Y, sin embargo, tu matrimonio puede haber ocultado un problema de gobierno corporativo.
—Por eso necesito saber dónde termina una cosa y empieza la otra.
Sofía se levantó y caminó hasta la ventana. Madrid se extendía bajo una luz blanca y fría.
—Si Adrián hubiera sido un buen directivo y un marido miserable, me habría divorciado y habría votado según los intereses del fondo.
—¿Y si es ambas cosas?
—Entonces cada consecuencia tendrá su motivo.
Aquella precisión era lo que siempre había distinguido a Sofía. No necesitaba levantar la voz para controlar una habitación. Escuchaba, ordenaba los datos y tomaba decisiones cuando los demás aún discutían sobre impresiones.
Adrián había interpretado esa serenidad como falta de ambición.
En Vértice, mientras tanto, él empezaba a perder el control.
Los rumores sobre el aplazamiento de la fusión circulaban por los despachos. El consejo había convocado una sesión extraordinaria para el lunes. Noray exigía garantías adicionales. Los medios preguntaban por qué la operación no se había firmado durante la gala.
Peor aún, el vídeo de la alfombra roja se había difundido en redes sociales.
La secuencia era breve: un periodista señalaba hacia una mujer embarazada, Adrián sonreía y decía que no sabía quién era. Después entraba al hotel junto a Claudia.
El clip no mencionaba el nombre de Sofía, pero algunos medios ya investigaban su identidad.
Marta entró en el despacho de Adrián con el teléfono en la mano.
—La revista Actualidad Económica quiere una declaración.
—Diles que se trató de una confusión.
—También preguntan si está casado.
Adrián levantó la vista.
—Eso es información pública.
—Entonces, ¿confirmo que la mujer era su esposa?
—No confirmes nada.
Marta respiró hondo.
—Adrián, el silencio está empeorándolo.
—No te he pedido una valoración.
Ella dejó el teléfono sobre la mesa.
—No. Solo lleva tres días pidiéndome que mienta por usted.
El tuteo desapareció de su voz.
Adrián se puso en pie.
—Ten cuidado.
—Lo tengo. Por eso he solicitado que cualquier comunicación sobre su vida privada pase por el departamento jurídico.
Marta salió antes de que él respondiera.
Adrián llamó a Claudia.
—Necesito que aclares que entramos juntos por casualidad.
—No fue por casualidad.
—Claudia.
—Me pediste expresamente que posara contigo.
—Pensé que beneficiaría a la empresa.
—Pensaste que beneficiaría a tu ascenso.
—Tu padre estaba de acuerdo.
—Mi padre está de acuerdo con cualquier cosa que aumente el precio de sus acciones.
Adrián apretó el teléfono.
—¿Vas a ayudarme o no?
—No.
—También te están mencionando.
—Por eso he enviado una nota diciendo que no mantengo ninguna relación sentimental contigo y que desconocía que tu esposa estaba esperando fuera.
—Eso me deja como un mentiroso.
—No, Adrián. Lo que dijiste te deja como un mentiroso.
La llamada terminó.
Aquel mismo viernes, Sofía recibió una carta de Adrián en casa de su padre. No era una disculpa. Era una explicación de cuatro páginas redactada como un informe: presión mediática, deber fiduciario, expectativas del mercado, necesidad de preservar una imagen de disponibilidad ejecutiva.
Al final había escrito a mano una sola frase.
No permitas que un minuto destruya doce años.
Sofía leyó la frase dos veces.
Después llamó a Lucía.
—Prepara la demanda de divorcio.
—¿Quieres incluir las participaciones gananciales?
—Nuestro régimen es de separación de bienes. Adrián lo exigió antes de casarnos porque temía que yo dependiera de él.
Lucía guardó silencio.
—Entiendo.
—No, todavía no.
Sofía abrió una caja de madera que había pertenecido a su madre. Dentro conservaba documentos, fotografías y una pequeña llave de latón.
La llave abría un escritorio antiguo de la finca familiar. Allí guardaba las primeras cartas de Adrián, escritas cuando aún creía que la vida se construía entre dos.
No necesitaba releerlas.
Las dejó donde estaban y cerró la caja.
Esa tarde, Tomás recibió una llamada de Ernesto Llorente.
—El consejo quiere reunirse con la representante de Orbe antes del lunes.
Tomás miró a su hija.
—Están preparados.
Sofía negó lentamente.
—Aún no.
—¿Qué falta?
—Que Adrián tenga la oportunidad de decir la verdad sin saber quién lo escucha.
El sábado por la mañana, Sofía solicitó una reunión privada con él en un salón reservado del hotel Wellington. No utilizó el correo de Orbe. Lo llamó directamente.
Adrián llegó veinte minutos tarde.
Vestía un jersey oscuro y llevaba el rostro cansado.
Al verla, miró primero su vientre.
—¿Estás bien?
—Sí.
—He intentado hablar contigo.
—Ahora puedes hacerlo.
Se sentaron frente a frente. Entre ambos había una mesa baja con dos vasos de agua.
Adrián empezó por el vídeo.
—La situación se ha descontrolado.
—No te he preguntado por la situación.
—Sofía, necesito que entiendas el contexto.
—Necesito saber por qué me negaste.
—Porque no podía permitirme parecer distraído.
—¿Por tu mujer o por tu hija?
Él apartó la mirada.
—Por todo lo que implica.
—¿Y Claudia?
—Fue una decisión de imagen.
—¿Existe una relación entre vosotros?
—No.
Sofía lo observó con atención. Le creyó. La traición no había sido física. Era, de algún modo, más profunda: Adrián había utilizado a otra mujer para borrar públicamente a la suya.
—¿Has presentado datos incompletos al consejo para acelerar la fusión?
Su expresión cambió.
—¿Quién te ha hablado de eso?
—Respóndeme.
—No sabes cómo funcionan estas operaciones.
—Explícamelo.
Adrián soltó una risa seca.
—He simplificado proyecciones. Todo el mundo lo hace. Si presentas cada riesgo en la primera fase, no se cierra ningún acuerdo.
—¿Ignacio Montalbán te prometió apoyar tu nombramiento?
—No es asunto tuyo.
—Soy tu esposa.
—Precisamente. Eres mi esposa, no mi auditora.
Sofía sintió que la última duda se extinguía.
—¿Y qué soy para ti cuando no hay cámaras?
Adrián se inclinó hacia delante.
—Eres la persona que debería estar de mi lado.
—He estado de tu lado doce años.
—Entonces demuéstralo. Haz una declaración. Di que fue una confusión y que decidiste no entrar porque te encontrabas indispuesta.
—Eso sería mentira.
—Sería proteger a tu marido.
—¿Aunque mi marido haya engañado al consejo?
—No tienes ni idea de lo que está en juego.
Sofía colocó las manos sobre su vientre.
—Sí la tengo.
Adrián se levantó.
—Siempre has vivido al margen del mundo real. Tu familia te ha protegido de todo. No has tenido que luchar por un cargo, por respeto, por un sitio en una mesa. Es muy fácil hablar de principios cuando nunca te has jugado nada.
Sofía alzó la mirada hacia él.
—¿Eso es lo que piensas de mí?
—Pienso que no puedes comprenderlo.
Ella asintió.
—Gracias.
—¿Gracias por qué?
—Por no dejarme ninguna duda.
Adrián salió convencido de que había ganado la discusión.
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Sofía esperó a que la puerta se cerrara. Después sacó el teléfono y llamó al presidente de Vértice.
—Señor Llorente, soy Sofía Alcázar, representante de Orbe Patrimonial. Asistiré personalmente al consejo del lunes.