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Chapter 2 - Todo lo que él llamó suerte

A las diez y cuarto de la noche, Adrián subió al escenario del salón Medinaceli entre aplausos.

Detrás de él, una pantalla mostraba los logotipos de Grupo Vértice y Noray Capital unidos por una línea dorada. La operación llevaba once meses negociándose y suponía la entrada de Vértice en el negocio de infraestructuras portuarias del norte de Europa.

Para Adrián era mucho más que una fusión.

Era la prueba de que había dejado de ser el hijo de un administrativo de Alcorcón que llevaba zapatos heredados a las entrevistas. Era la confirmación de que pertenecía a aquel mundo de apellidos antiguos, clubes privados y llamadas devueltas antes de que sonara el segundo tono.

El presidente del consejo, Ernesto Llorente, lo presentó como el arquitecto de la operación.

Adrián sonrió.

Había ensayado aquel momento frente al espejo.

—Hace un año —comenzó—, muchos consideraban imposible este acuerdo.

Las cámaras de los medios económicos grababan desde el fondo del salón. Claudia estaba sentada en primera fila junto a su padre, Ignacio Montalbán. Cuando Adrián mencionó la importancia de las alianzas estratégicas, ella le dedicó una mirada cómplice.

Él respondió con una pausa calculada.

En su interior, la ausencia de Sofía apenas ocupaba espacio.

Supuso que habría regresado a casa enfadada. Tal vez habría llorado. Tal vez le enviaría un mensaje largo que él leería al terminar la gala. Después se disculparía, explicaría que la situación había sido complicada y le compraría algo antes del fin de semana.

Sofía siempre terminaba comprendiendo.

Era una de las cosas que más valoraba de ella.

También una de las que menos respetaba.

Cuando acabó el discurso, Ignacio Montalbán lo recibió al pie del escenario.

—Excelente intervención.

—Gracias, Ignacio.

—Los inversores están encantados. Y la fotografía con Claudia ha funcionado.

Adrián fingió no entender.

—¿Qué fotografía?

Montalbán sonrió sin humor.

—No me tomes por idiota. Los rumores de una posible alianza entre familias estabilizan el mercado. Da sensación de continuidad.

—Claudia y yo solo somos amigos.

—Claro.

El consejero le dio una palmada en el hombro.

—Disfruta de la noche. Mañana hablaremos de tu futuro.

Aquella frase hizo olvidar a Adrián cualquier incomodidad.

Su futuro.

Desde hacía meses circulaba la posibilidad de que, tras la fusión, el consejo creara una presidencia ejecutiva adjunta y la confiara a él. No había confirmación oficial, pero Adrián ya había visitado áticos cerca del paseo de la Castellana y consultado en secreto las condiciones de un nuevo contrato.

Claudia se acercó con dos copas.

—Has estado brillante.

—Tú también.

—Yo solo he posado.

—A veces eso es más importante que hablar.

Ella le entregó una copa.

—La mujer de fuera sí era Sofía, ¿verdad?

Adrián bebió antes de responder.

—No era el momento.

—No te he preguntado eso.

—Está embarazada, cansada y muy sensible. No comprende bien cómo funciona este entorno.

Claudia arqueó una ceja.

—Parecía comprender perfectamente que la estabas negando.

—Luego hablaré con ella.

—¿Y qué le dirás?

—La verdad. Que la prensa habría convertido su presencia en una distracción.

Claudia observó su expresión durante unos segundos.

—Tienes una capacidad extraordinaria para llamar estrategia a cualquier cobardía.

Adrián tensó la mandíbula.

—No esperaba una lección moral.

—No te la estoy dando. Solo me interesa saber qué clase de hombre pretende utilizar mi apellido para parecer disponible.

—Nadie ha utilizado a nadie.

—Entonces desmiéntelo ante las cámaras.

Adrián miró hacia el grupo de periodistas.

No se movió.

Claudia soltó una risa amarga.

—Eso pensaba.

Se alejó antes de que pudiera contestar.

Adrián sacó el teléfono. Tenía tres llamadas perdidas de Sofía y un mensaje enviado antes de la gala.

Estoy en la entrada principal. ¿Dónde estás?

No había nada más.

Escribió una respuesta.

Ha habido un malentendido. Hablamos en casa.

El mensaje quedó sin entregar.

A medianoche, cuando regresó al piso de Chamberí, encontró el dormitorio en orden, el armario de Sofía medio vacío y una carpeta gris sobre la mesa del comedor.

Dentro estaban las copias de sus documentos personales, una relación de gastos comunes y las llaves del piso.

Adrián llamó a Sofía seis veces.

A la séptima, ella contestó.

—¿Dónde estás?

—En un lugar donde no tengo que esperar detrás de una barrera.

—Sofía, no exageres.

Hubo un silencio.

Adrián cerró los ojos al comprender que había elegido la peor frase posible.

—Quiero decir que la situación se ha interpretado mal.

—Dijiste que no sabías quién era.

—Había cámaras por todas partes.

—Lo sé. Por eso te oí tanta gente.

—No podía explicar nuestra vida privada en mitad de una presentación.

—Bastaba con decir: “Es mi mujer”.

—No entiendes la presión que tengo.

—Llevo doce años sosteniéndola contigo.

—¿Sosteniéndola cómo?

La pregunta salió cargada de desprecio.

Sofía tardó en responder.

—Eso también lo sabrás pronto.

—Mañana tengo una reunión decisiva. No puedo pasarme la noche discutiendo.

—Entonces duerme.

—¿Vas a volver?

—No.

—Estás enfadada.

—No, Adrián. Estaba enfadada cuando me pedías que cambiara de vestido porque te parecía demasiado sencillo. Estaba enfadada cuando dejaste de acompañarme a las revisiones. Estaba enfadada cuando empezaste a presentarme como alguien que no trabajaba porque prefería una vida cómoda.

Su voz se volvió más baja.

—Ahora estoy despierta.

La llamada terminó.

Adrián dejó el teléfono sobre la mesa.

Por primera vez sintió una punzada de miedo, pero la apartó enseguida. Sofía no era impulsiva. No tenía contactos propios en la empresa, ni experiencia visible, ni una carrera que pudiera sostenerla. Dependía, según él, de las rentas familiares y de la vida que habían construido juntos.

Volvería.

Siempre había vuelto.

A la mañana siguiente, Adrián entró en la sede de Vértice con la seguridad de quien se sabe felicitado. El edificio, junto a las Cuatro Torres, reflejaba un cielo gris sobre sus cristales.

Su asistente, Marta, se levantó al verlo.

—El presidente quiere verle.

—¿Ya?

—Y ha pedido que lleve toda la documentación de la operación Noray.

Adrián sonrió.

Aquello solo podía significar una cosa.

—Prepara también el borrador del nuevo organigrama.

Marta dudó.

—Han cancelado la reunión sobre el organigrama.

—¿Quién?

—Presidencia.

La sonrisa de Adrián se debilitó.

En el despacho de Ernesto Llorente lo esperaban el secretario del consejo y dos abogados externos.

—Siéntate —dijo Llorente.

Sobre la mesa había varias copias del contrato de fusión.

—¿Hay algún problema con Noray?

—La votación no se celebró anoche.

—Pensé que era una formalidad.

—Las formalidades son importantes cuando representan cientos de millones de euros.

Adrián miró al secretario.

—¿Qué falta?

—La ratificación del accionista de referencia.

—El fondo Orbe lleva años delegando su voto.

—Ya no.

Llorente cruzó las manos.

—La representante legal ha revocado la delegación con efecto inmediato.

—¿Quién es?

—Eso se comunicará al consejo cuando proceda.

Adrián trató de mantener la calma.

—Puedo hablar con ella. Nadie conoce la operación mejor que yo.

—De momento, no hablarás con nadie.

—Ernesto, esta fusión es mi proyecto.

—Es un proyecto de la compañía.

La corrección cayó como una puerta cerrándose.

Los abogados revisaron algunos anexos. Uno de ellos señaló discrepancias en las proyecciones de costes de integración. Adrián respondió con rapidez, pero notó que nadie lo felicitaba ya.

Al salir, encontró a Marta esperándolo.

—Ha llamado su mujer.

Adrián se detuvo.

—¿Aquí?

—Ha pedido que le envíe una copia de su contrato inicial, las evaluaciones de desempeño de los últimos cinco años y los informes de gastos vinculados a Noray.

—¿Y tú qué has hecho?

—Decirle que no podía entregar información confidencial.

—Bien.

—Entonces ha llamado el secretario del consejo y me ha indicado que se la remita.

Adrián sintió que el pasillo se inclinaba ligeramente.

—¿Con qué autoridad?

Marta bajó la voz.

—No me lo ha explicado.

Aquella tarde recibió un correo del despacho que representaba a Orbe Patrimonial. Solicitaban aclaraciones sobre varios gastos de representación cargados durante la negociación de la fusión, incluidas cenas privadas, desplazamientos no justificados y una estancia de fin de semana en Marbella.

Adrián conocía esos gastos.

También sabía quién lo había acompañado.

Claudia.

Nada impropio había ocurrido entre ellos, pero las facturas contaban una historia ambigua. Una suite reservada durante una convención, dos billetes en primera clase, cenas sin más asistentes registrados.

Hasta entonces nadie había preguntado.

Adrián cerró el correo y llamó a Sofía.

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Ella no respondió.

Por primera vez empezó a preguntarse cuántas de las puertas que creía haber abierto solo se habían movido porque una mano invisible empujaba desde el otro lado.

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