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Chapter 9 - El Escudo Digital

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Isabel tragó saliva, sintiendo que la garganta le ardía por la tensión, pero no retrocedió. Sabía que este era el punto de no retorno.

—He grabado todo, Alejandro —repitió Isabel, enunciando las palabras con una claridad escalofriante—. Desde que me ordenaste que colgara y te diera al niño. Desde que dijiste con tanto orgullo que nadie me creería contra tu familia. Desde que tu madre amenazó con que me echarían a la calle, pero que el bebé se quedaría con ustedes por ser "su propiedad". Y acabo de grabar cuando me dijiste que inventarías que me caí por las escaleras para ocultar que tú me golpeaste.

Alejandro, sintiendo que el pánico le arañaba el pecho, avanzó rápido, con pasos pesados y decididos, lanzando las manos hacia adelante en un intento desesperado por arrebatarle el aparato.

—¡Dame ese maldito teléfono, Isabel! ¡Dámelo ahora mismo! —bramó, perdiendo cualquier rastro de compostura de hombre de negocios.

Isabel retrocedió rápidamente, chocando su espalda contra el frío cristal del ventanal que daba al inmenso jardín trasero, protegiendo tanto a Mateo como al dispositivo.

—Un paso más, Alejandro, un solo paso más hacia mí, y tu agresión física también quedará grabada en tiempo real. Esto es una llamada en vivo, no una simple grabadora. Alguien más está escuchando todo.

El hombre se detuvo en seco. Los frenos de su cerebro operaron no por culpa, no por un repentino remordimiento al ver a su esposa aterrorizada o a su hijo llorando por los gritos. Se detuvo única y exclusivamente por un frío cálculo de daños. Si lo que ella decía era cierto, arrinconarla y golpearla para quitarle el móvil sería su ruina absoluta ante cualquier juez.

Doña Carmen, recuperando parte de su frialdad habitual, intentó recomponer la situación, alisando su chaqueta y alzando la barbilla con arrogancia.

—No seas estúpido, Alejandro, no la toques —ordenó la madre, mirando a Isabel con desdén—. Eso que tiene ahí no vale absolutamente nada. Ningún tribunal serio admite grabaciones hechas sin consentimiento en una propiedad privada. Cualquiera puede manipular un audio hoy en día, o provocar una discusión para grabar solo la parte que le conviene. Es el truco más barato y desesperado de una arribista.

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Fue exactamente en ese momento de falsa seguridad de la matriarca, cuando la voz gruesa, firme y experimentada de Don Ricardo Salazar sonó, metálica y fuerte, a través del altavoz del móvil de Isabel.

Firme. Seria. Imposible de ignorar para cualquiera en la sala.

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