Chapter 1 - La Jaula de Oro

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Isabel Herrera sostenía a su bebé contra el pecho con una fuerza que le entumecía los brazos, como si su propio cuerpo fuera la última puerta, el único escudo impenetrable entre su hijo y el peligro inminente que respiraba en la misma habitación. Mateo, que tenía apenas seis meses de vida, dormía plácidamente envuelto en una suave manta blanca de algodón egipcio. El pequeño era completamente ajeno al temblor incontrolable que recorría la columna de su madre, al silencio pesado y asfixiante que inundaba la inmensa sala, y a la voz furiosa y contenida de su padre, que parecía llenar cada rincón de la mansión.
La sala principal de la majestuosa casa de la familia Vargas parecía sacada directamente de una revista de diseño de interiores de ultra lujo. Había sofás de cuero color crema importados de Italia, una lámpara de cristal de Murano que colgaba del techo alto, cuadros antiguos de incalculable valor, un suelo de mármol brillante que reflejaba la luz de la mañana, y jarrones con orquídeas frescas y exóticas dispuestas sobre una enorme mesa dorada. Era un escenario diseñado para deslumbrar, para mostrar poder y control absoluto.
Pero aquella mañana, para Isabel, nada de eso parecía hermoso ni admirable. Todo a su alrededor parecía helado, distante y hostil. Todo parecía haber sido comprado y colocado estratégicamente con el único propósito de esconder una verdad oscura y violenta que nadie fuera de esas paredes debía conocer.
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Isabel estaba sentada en el borde del sofá principal, con el cabello oscuro desordenado cayendo sobre sus hombros tensos. Llevaba una blusa blanca que, tras el forcejeo, había quedado arrugada y mal colocada. Su mano derecha apretaba su teléfono móvil contra la oreja con una desesperación silenciosa. En su mejilla izquierda latía una marca morada, un recordatorio físico de la brutalidad de la noche anterior. Su ojo derecho estaba visiblemente hinchado. Había intentado cubrir los hematomas con una gruesa capa de maquillaje corrector temprano en la mañana, en un acto reflejo de vergüenza y supervivencia, pero el dolor profundo, el que calaba los huesos y el alma, no se podía maquillar con ningún cosmético caro.
Frente a ella, bloqueando cualquier posible ruta de escape hacia la puerta principal, estaba Alejandro Vargas.