Chapter 13 - El Documento Salvavidas

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Dos agentes de policía uniformados entraron rápidamente al vestíbulo de la mansión, seguidos muy de cerca por una mujer de aspecto afable pero firme, vestida de civil, que llevaba una credencial del servicio de protección de menores colgando del cuello. Detrás de todos ellos, cerrando el grupo, entró Don Ricardo Salazar.
El viejo abogado caminaba con paso sereno y seguro, llevando una gruesa carpeta de cartón azul bajo el brazo. Al entrar en la lujosa sala y ver a Isabel acorralada cerca del ventanal, aferrada a su bebé que lloraba, y con el rostro visiblemente hinchado y amoratado, el rostro de Don Ricardo no mostró sorpresa, sino una tristeza contenida y profesional. Había visto esta misma escena en cientos de casas ricas antes.
—Isabel —dijo el abogado con voz suave y protectora, acercándose a ella lentamente para no asustarla más—. Ya está, mi niña. Se acabó. Respira.
Al escuchar esas palabras, y al ver la presencia física de la policía interponiéndose entre ella y su marido, Isabel sintió que la adrenalina que la había mantenido en pie desaparecía de golpe. Las piernas le fallaron por un instante, obligándola a apoyarse pesadamente contra el cristal del ventanal, pero sus brazos no aflojaron ni un milímetro el abrazo alrededor de Mateo.
La trabajadora social se adelantó despacio, levantando las manos abiertas en un gesto tranquilizador.
—Señora Herrera, mi nombre es Laura. Estamos aquí bajo mandato judicial para protegerla a usted y al niño. ¿Se encuentra bien? ¿Necesita que llamemos a una ambulancia para atención médica inmediata? —preguntó, observando con ojo clínico las marcas en el rostro de Isabel.
Isabel negó con la cabeza, tragando saliva con dificultad.
—Solo quiero irme de aquí. Por favor, sácame de aquí —logró articular. No confiaba en su propia voz, temía que si hablaba más, rompería a llorar de forma descontrolada.
Alejandro, recuperando un falso sentido de autoridad en su propio territorio, intentó intervenir, interponiéndose en el paso de la trabajadora social.
—¡Oigan, un momento! Esto es un malentendido. Esta es mi casa, y yo soy el padre de ese niño. Ustedes no pueden entrar aquí y sacar a mi familia sin mi permiso.
Uno de los agentes de policía, un hombre corpulento y con cara de pocos amigos, dio un paso al frente y le bloqueó el paso a Alejandro, mostrándole un documento oficial con sellos del tribunal.
—Señor Alejandro Vargas, le informo que a partir de este momento tiene una orden temporal de alejamiento vigente dictada por un juez. Debe mantenerse a una distancia mínima de quinientos metros de la señora Isabel Herrera y del menor, Mateo Vargas Herrera, hasta que se celebre la audiencia preliminar. Debe abandonar la sala inmediatamente y permitir la extracción de las víctimas.
—Esto es absolutamente absurdo. Es un atropello, llamaré a mis abogados de inmediato —escupió Alejandro, aunque su voz temblaba levemente.
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Don Ricardo abrió tranquilamente su carpeta azul y extrajo otro legajo de papeles oficiales, extendiéndolos hacia la mesa de centro.
—Puede llamar a quien guste, Alejandro, pero la ley es clara. Además de la orden de alejamiento, hemos presentado y se ha aprobado una solicitud de custodia provisional de emergencia, basada en riesgo doméstico documentado, amenazas explícitas de retención ilegal del menor, y evidencia física de maltrato. Isabel tiene la guarda y custodia exclusiva hasta nueva orden judicial.