Chapter 5 - La Pared Invisible de la Élite

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Al ver que Isabel guardaba un mutismo absoluto, Alejandro soltó una risa seca, desprovista de gracia, una risa llena de un desprecio tan profundo que resultaba humillante.
—¿A quién estás llamando, eh? ¿A tu hermanita la pobretona? ¿A una de tus amigas de tu antiguo barrio? ¿A alguien que venga a darte lástima y palmadas en la espalda? —se burló, cruzándose de brazos, sintiéndose el dueño absoluto de la situación.
Desde su elegante asiento, Doña Carmen intervino, añadiendo veneno a las palabras de su hijo, con esa voz pausada y aristocrática que siempre utilizaba para menospreciar.
—Nadie serio, con influencia o poder, se meterá jamás contra esta familia, Isabel. Deberías saberlo a estas alturas. Somos los Vargas. La gente trabaja para nosotros, no contra nosotros.
Alejandro, animado por las palabras de su madre, se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en las rodillas de Isabel, acercando su rostro enfurecido al de ella hasta que pudo oler su costosa loción de afeitar.
—Mi madre tiene razón. Mírate, eres un desastre inestable. Nadie va a creerte a ti contra mi familia. Nadie.
Esa frase no era nueva para Isabel. No era un recurso de última hora. La había escuchado demasiadas veces a lo largo de los últimos dos años de matrimonio. Había sido el martillo con el que habían destruido lentamente su autoestima.
La escuchó el día en que Alejandro, en un arranque de celos injustificados, le arrancó el teléfono de las manos y lo estrelló contra el suelo del pasillo, haciéndolo pedazos. La escuchó cuando Doña Carmen le dijo, con una sonrisa gélida, que ninguna mujer tan "emocional" y de "origen común" podría jamás criar sola a un heredero del imperio Vargas. La escuchó en su propia cabeza cuando, semanas atrás, intentó sacar sus ahorros personales para escapar, y el cajero automático le informó que todas sus cuentas bancarias, incluso las que estaban a su nombre, habían sido bloqueadas por el equipo legal de su marido.
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"Nadie va a creerte."
Esa era la inmensa pared invisible, gruesa y fría, que los Vargas habían construido meticulosamente a su alrededor. La habían aislado, la habían hecho dudar de su propia cordura, y la habían convencido de que, ante los ojos del mundo, ella siempre sería la loca y ellos los intocables.