Chapter 10 - La Voz de la Ley

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—Le sugiero que se informe mejor sobre las leyes de protección de víctimas en situaciones de violencia doméstica, Señora Vargas —dijo la voz de Don Ricardo, llenando la sala con una autoridad que ni el dinero de los Vargas podía acallar—. La orden de protección ya fue aprobada esta misma mañana a primera hora.
Alejandro se quedó completamente helado, como si le hubieran vaciado un cubo de agua con hielo sobre la cabeza. Sus manos cayeron inertes a los costados de su cuerpo.
Doña Carmen abrió los ojos desmesuradamente, perdiendo por completo la compostura aristocrática, mostrando por primera vez el rostro del miedo real, el miedo a perder el estatus y el control.
Isabel, por su parte, cerró los ojos por un instante y dejó escapar un suspiro tembloroso. La frase del abogado le atravesó el cuerpo entero como una bocanada de aire fresco a alguien que ha estado a punto de ahogarse bajo el agua turbia durante demasiado tiempo. Sentía las piernas débiles, pero el corazón le latía con la fuerza de un tambor. Lo habían logrado.
Don Ricardo no hizo pausas, no permitió que los Vargas interrumpieran su discurso legal. Continuó hablando a través del altavoz, dirigiéndose directamente al agresor:
—Señor Alejandro Vargas, como representante legal de su esposa, le recomiendo encarecidamente no dar un solo paso más para acercarse a Isabel ni al menor. La policía está llegando a su propiedad en este preciso instante. Su sistema de seguridad en la entrada ya ha sido notificado. La jueza de guardia recibió hace dos horas las pruebas médicas del hospital privado al que Isabel acudió en secreto la semana pasada, las fotografías de agresiones anteriores documentadas y notariadas, los audios previos de sus amenazas telefónicas, y esta grabación en curso es solo el último clavo en el ataúd de su defensa.
Alejandro giró la cabeza lentamente para mirar a Isabel, como si estuviera viendo a una completa desconocida, a un extraterrestre. El hombre que creía tenerla dominada como a un perro asustado, no podía dar crédito a la elaborada red de seguridad que ella había tejido a sus espaldas.
—Tú preparaste todo esto... —murmuró Alejandro, con la voz rota por la estupefacción—. Llevas días, o semanas, planeando esto para hundirme.
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Isabel lo miró fijamente, con el rostro marcado pero la dignidad intacta, y le respondió con una frialdad que había aprendido de ellos mismos.
—No, Alejandro. Yo no preparé esto para hundirte. Tú lo preparaste tú solo, cada vez que levantaste la mano, cada vez que creíste que yo podía aguantar un poco más de abuso sin romperme. Yo solo me he defendido.