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Chapter 2 - El Eco de la Noche Anterior

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Alejandro Vargas estaba de pie frente a ella, imponente y amenazador. Vestía un traje gris de corte impecable, hecho a medida, una camisa blanca perfectamente planchada y una corbata azul intensa que resaltaba el color frío de sus ojos. Sin embargo, toda la elegancia de su atuendo contrastaba violentamente con su rostro, el cual estaba completamente descompuesto por una rabia animal, una ira que luchaba por contener para no gritar.

—Cuelga el maldito teléfono en este instante y dame al niño —ordenó él, con un tono de voz bajo pero cargado de una amenaza que helaba la sangre.

Isabel no se movió. En lugar de obedecer, abrazó aún más fuerte al pequeño Mateo, pegándolo a su corazón acelerado, buscando en el calor de su hijo la fuerza que sentía que le abandonaba.

—No.

Fue una palabra pequeña, un monosílabo apenas susurrado con voz temblorosa, pero en la acústica perfecta de esa casa de cristal y secretos, sonó como una declaración de guerra total y absoluta.

Isabel no había pegado ojo en toda la noche. Su mente no dejaba de reproducir los eventos de las últimas doce horas. Sabía perfectamente que Alejandro se había vuelto cada vez más inestable y peligroso desde que ella había tenido el valor de mencionar, por primera vez, la palabra "separación" dos semanas atrás. Lo que antes eran comentarios pasivo-agresivos y desaires, se habían transformado rápidamente en insultos directos, humillaciones sobre su origen humilde, y luego, en empujones "accidentales".

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Pero la noche anterior se había cruzado la línea de no retorno. Cuando Isabel, exhausta y desesperada, hizo una maleta y dijo en voz alta que se iría de la casa con Mateo al amanecer, Alejandro había perdido la cabeza. La había sujetado brutalmente por el brazo, clavando sus dedos como garras en su carne, y la había lanzado con violencia contra la pesada pared de roble del pasillo. El golpe en el rostro la había dejado aturdida y cayendo de rodillas.

"No frente al bebé. No frente al bebé", era lo único que Isabel había logrado repetir mentalmente en ese instante para no quebrarse y llorar a gritos. Pero el estruendo despertó a Mateo, quien rompió en un llanto agudo desde su cuna. Y fue precisamente ese llanto, lleno de miedo e inocencia, lo que la despertó del letargo del terror. Fue en esa madrugada que Isabel supo que tenía que actuar, contactando a la única persona que le había creído: el abogado de su difunto padre.

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