Chapter 3 - La Presencia de la Matriarca

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Detrás de la imponente figura de Alejandro, sentada con una postura erguida y aristocrática en un sillón individual de terciopelo oscuro, se encontraba Doña Carmen Vargas, su madre. Vestía un sobrio pero costoso traje de dos piezas de color negro, adornado únicamente con unos pendientes de perlas auténticas que brillaban discretamente. Su expresión era severa, dura como el granito, y sus labios formaban una línea fina de desaprobación constante.
Doña Carmen no parecía en lo absoluto sorprendida por los gritos contenidos de su hijo. Tampoco parecía ni mínimamente preocupada o escandalizada por la evidente marca amoratada en el rostro de su nuera. De hecho, miraba la dantesca escena con una frialdad clínica, como un juez implacable que simplemente estuviera esperando que se cumpliera una sentencia que ella misma había dictado tiempo atrás.
—Isabel —dijo la matriarca con una voz tan helada que parecía bajar la temperatura de la sala—, por el amor de Dios, compórtate. No hagas esto más vergonzoso de lo que ya es.
Vergonzoso.
Esa palabra atravesó el pecho de Isabel como un dardo envenenado. Le dolió profundamente, casi tanto como el impacto físico contra la pared la noche anterior. Para la mente retorcida de Doña Carmen, no era vergonzoso que un hombre fuerte golpeara a su esposa. No era vergonzoso que su hijo hubiera perdido el control como un matón de barrio. No era vergonzoso que una madre joven estuviera aterrorizada, llorando en un rincón, aferrada a su bebé de seis meses para protegerlo de su propio padre.
Para Doña Carmen Vargas, lo único verdaderamente vergonzoso en toda esa situación era el riesgo, la simple posibilidad de que alguien de su exclusivo círculo social, los empleados o, peor aún, la prensa, pudiera enterarse de que en su perfecta familia había caos.
Alejandro, envalentonado por el respaldo implícito de su madre, dio un paso pesado más hacia el sofá, acorralando visualmente a Isabel.
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—Te lo advertí. Te dije que me dieras al niño, Isabel. No me obligues a quitártelo por las malas.
Isabel retrocedió encogiéndose contra el respaldo del sofá de cuero, apretando aún más el teléfono contra su oreja. Al otro lado de la línea solo había un silencio sepulcral, pero ella sabía, con una certeza que le daba vida, que no estaba sola en ese momento.