Chapter 7 - La Frase Más Temida

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Alejandro, perdiendo el último rastro de paciencia que le quedaba, dio un paso agresivo hacia adelante. Sus manos se abrieron y se cerraron en puños, evidenciando la violencia contenida que bullía en su interior.
—Basta ya de jueguecitos, Isabel. Esta casa es mía. La pagué yo. Ese niño lleva mi apellido, es mi sangre. Tú no decides absolutamente nada aquí. Entrégamelo ahora mismo o te juro que te haré arrepentirte.
Doña Carmen, siempre más calculadora y letal que su impulsivo hijo, caminó hacia Isabel con una calma cruel, sus tacones resonando rítmicamente contra el mármol del suelo. Se detuvo a un par de metros de distancia, mirándola de arriba abajo con un asco mal disimulado.
—Entiende tu posición, querida —dijo la matriarca, utilizando ese tono condescendiente que reservaba para el servicio—. Tú te irás de esta casa hoy mismo, tal y como querías. Haremos las maletas por ti. Pero el bebé se queda. Él pertenece a esta familia.
Isabel sintió que el suelo de mármol desaparecía repentinamente bajo sus pies, dejándola en caída libre. Se mareó y tuvo que apretar los dientes para no sollozar. Esa era la frase que más había temido desde el inicio de su pesadilla.
No le importaban las amenazas contra su propia integridad física. Podía soportar los insultos diarios, las humillaciones sobre su falta de clase, incluso los golpes y los empujones en la oscuridad del pasillo. Pero eso no. Que le arrancaran a Mateo de los brazos, que la expulsaran a la calle dejándola vacía y sin su hijo, era el terror definitivo, el golpe maestro con el que los Vargas pretendían destruirla por completo.
El bebé, como si estuviera conectado emocionalmente al terror paralizante que invadía el cuerpo de su madre, empezó a inquietarse. Abrió sus grandes ojos oscuros, arrugó la cara y emitió un quejido molesto, sintiendo la tensión antinatural en los músculos de Isabel. Ella lo meció suavemente, pegándolo a su rostro, aunque le temblaban las manos visiblemente.
—No. No van a alejarme de mi hijo —susurró ella, en un ruego desesperado.
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Doña Carmen sonrió, una sonrisa sin calor, mostrando dientes perfectos.
—Una mujer con tu dudoso historial emocional, tus crisis nerviosas inventadas y sin un céntimo a su nombre, no puede criar al heredero principal de esta familia. Ningún juez te lo dará. Te destrozaremos en los tribunales.