Chapter 15

El corazón de Elena latía con una violencia ensordecedora mientras la grabación se acercaba a su fatídico clímax. En la pantalla, con una claridad de alta definición que no dejaba lugar a dudas, se vio el instante que cambiaría el destino de la familia Robles para siempre. Mientras Ricardo tenía el peso de su cuerpo inclinado hacia adelante para iniciar el descenso, Marcos, posicionado a su espalda, levantó ambas manos y le propinó un empujón brutal, seco y calculado en el centro de los omóplatos.
No fue un tropiezo accidental. No fue un forcejeo físico. Fue un empujón con toda la fuerza de un hombre joven contra un anciano. La inercia del golpe lanzó a Ricardo hacia adelante. Sus pies perdieron contacto con el suelo y cayó de bruces por la imponente escalera de mármol. Su cuerpo rebotó contra los duros escalones de piedra con una violencia espeluznante, dando varias vueltas sobre sí mismo hasta quedar completamente inerte y desmadejado en la planta baja, en medio de un charco de sangre oscura que comenzaba a extenderse rápidamente.
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Pero lo más monstruoso de la grabación no fue la caída en sí, sino la reacción posterior. Isabel, viendo a su esposo gravemente herido y sangrando profusamente en la planta baja, no corrió por las escaleras para auxiliarlo. No sacó su teléfono para llamar a una ambulancia. En su lugar, bajó los escalones con una calma aterradora, se acercó al cuerpo inconsciente de Ricardo, se agachó cuidadosamente para no mancharse de sangre y le arrancó la carpeta roja de sus manos inertes. Luego, asintió hacia su hijo Marcos, quien ya estaba borrando las huellas dactilares de la barandilla.
Al presenciar la absoluta crueldad del asesinato en video, Adrián no pudo soportarlo más. Su estómago se revolvió, pálido como un cadáver, salió corriendo de la sala de reuniones y vomitó violentamente en un cubo de basura del pasillo. Elena no gritó. Tampoco lloró. Su dolor se había transmutado en un bloque de hielo. Miró a Marcos fijamente, con unos ojos vacíos que lo juzgaban no como a un hermano, sino como a una puerta cerrada para siempre. "Tú lo empujaste. Tú lo mataste", sentenció ella, con voz mortal.