Chapter 11

Isabel se levantó de su asiento, su rostro, antes pálido, ahora estaba rojo por la indignación y el miedo mezclados. "¡Esto es una caza de brujas, una absoluta locura que no voy a tolerar!", exclamó la mujer, fingiendo un ultraje que ya nadie le compraba. "Soy su legítima esposa, lo he amado y cuidado durante veinte largos años. Exijo que apaguen eso y nos dejen en paz".
Fue entonces cuando el doctor Salgado habló, y esta vez, el tono compasivo del médico amigo de la familia había desaparecido por completo, siendo reemplazado por la voz dura y profesional de un clínico que ha descubierto un crimen en su propio hospital. "Señora Robles, le sugiero que se siente y escuche atentamente", dictaminó el doctor Salgado. "Tras la crisis respiratoria de su marido, el equipo de limpieza de la planta, siguiendo el protocolo de residuos peligrosos, encontró un objeto muy preocupante. Descubrieron una jeringa usada, desechada a toda prisa en la papelera del pequeño baño de visitas del pasillo. El baño que usted misma utilizó después de salir de la UCI".
La sala entera pareció quedar sin oxígeno. Marcos palideció hasta volverse casi translúcido, sus piernas temblaron y tuvo que apoyarse en el borde de la mesa para no caer. "Hicimos un análisis rápido de toxicología de los restos de líquido en la aguja", continuó el doctor de forma implacable. "Contenía una dosis altísima de un potente sedante muscular y depresor respiratorio que no ha sido prescrito por ningún médico de este hospital para don Ricardo. Un sedante que, administrado a un paciente con un traumatismo craneal severo, causaría una parada respiratoria que parecería una complicación natural del coma". Elena clavó su mirada asesina en su madrastra, comprendiendo finalmente la magnitud del complot diabólico. "Querías que pareciera una complicación médica inesperada", dijo Elena, con asco. "Ibas a inyectarle esa mierda para terminar el trabajo".